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Peñalsordo
es un pueblo situado en el extremo centrooriental de la provincia de Badajoz
y diócesis de Toledo. No lejos de su término municipal se hallan las fronteras
autonómicas que separan a Extremadura de Castilla-La Mancha y de Andalucía:
su población actual apenas si sobrepasa las mil seiscientas almas situándose
su mayor índice en la última década de los cincuenta cuando se aproximó
a los cinco mil habitantes.
Es
desconocido el origen de su fundación, aunque posterior, sin duda a la
reconquista definitiva de la zona a los musulmanes (1.228). Existe un
documento en el archivo de la Casa Béjar-Osuna de l.461 en el que aparece
el nombre del pueblo, entonces una aldea de Capilla, llamándose en aquellos
tiempos La Peña del Sordo, evolucionando más tarde a Peña del Sordo, Peña
el Sordo y actualmente Peñalsordo. El rey Don Felipe IV concedió el 22
de junio de 1.631 al lugar de Peña el Sordo (así se llamaba por aquel
tiempo) el privilegio de villazgo, desmembrándose, en consecuencia, de
su progenitora Capilla, siguiendo ambas villas dependiendo jurisdiccional
y solariegamente del ducado de Béjar.
Entre las fiestas
que a lo largo del año celebran los lugareños con mayor sabor popular,
destaca de forma especial -junto a la de su Patrona la Virgen del Carmen-
la fiesta del Corpus Christi y su Octava, fiesta cargada de tipismo, colorido,
bullicio y buen humor. El día 13 de abril de 1.973 la Octava del Corpus
fue declarada "Fiesta de Interés Turístico" por el gobierno español. Esta
efemérides conmemora la conquista del Castillo de Capilla, por parte de
las tropas cristianas, en una de las varias sublevaciones que protagonizaron
los moriscos en España durante el siglo XVI.
Cuenta
la leyenda, que ante el fracaso permanente de las fuerzas cristianas al
mando del general Cachafre y de su lugarteniente Palenque (un arroyo y
una sierra llevan sus nombre en las afueras de Peñalsordo) para tomar
el castillo, que permanecía en poder de los rebeldes moriscos, el general
Cachafre se encomendó, la víspera del Corpus, al Santísimo Sacramento
prometiendo fundar una cofradía que llevaría su nombre si les ayudaba
en la conquista de la fortaleza. El Señor le escuchó. Así, para llevar
a cabo su proyecto, Cachafre mandó reunir todos los carneros que
había en el contorno y cuando se hizo de noche ordenó quitarles los cencerros
y colocar bengalas encendidas en las cornamentas de los óvidos, al tiempo
que estos eran empujados por una compañía de soldados, desde el valle
de la Orden, en dirección al castillo. Los moradores del recinto, al ver
tal número de luminarias creyeron que se trataba de un poderoso ejército
que se acercaba, por lo que huyeron aterrorizados, quedando la fortaleza
franca para su ocupación. Sigue contando la leyenda que al llegar las
fuerzas cristianas al castillo, solo encontraron en él a un abuelo, una
abuela, un nieto que llamaban Rafaelillo y dos vaquillas.
El general
Cachafre, cumpliendo su promesa, inmediatamente fundó la Compañía a Hermandad
del Santísimo Sacramento con la propia soldadesca que había intervenido
en la escaramuza. Un sargento, a caballo y con una espada en la mano,
recorrió el pueblo llamando a los soldados para que se les unieran. Estos
con jopos encendidos, le siguieron dando salvas al Santísimo. Era la víspera
de la Octava del Corpus y el principio de la creación de la Hermandad.
La Hermandad
de los Soldados del Santísimo Sacramento está gobernada por un Hermano
Mayor llamado también Mayordomo y Bullidor. Es elegido de forma democrática
y su cargo es vitalicio. Otros cargos son los de Capitán, Alférez y Sargento,
que se renuevan todos los años, y Secretario.
Casillas: Al solicitar
el ingreso o asentamiento en la Cofradía, los hermanos irán ocupando un
rango jerárquico según el momento en que hicieron esta solicitud. Así
irán corriendo los cargos de Sargento, Alférez y Capitán, a los que llaman
casillas, por riguroso turno.
Vestimenta: Los
cofrades usan la misma vestimenta el día del Corpus como en su vigilia.
En estas dos fechas visten con levita azul, pantalón negro, camisa blanca,
sombrero negro con cinta blanca y ramo de florecillas, zapato negro y
calcetín negro. El día de la Octava la indumentaria cambia. En esta ocasión
lo harán con chambra estampada y pantalón bombacho del mismo color, aunque
últimamente suelen ser diferentes, de tela de percal, pañuelo también
de percal o mantón de Manila sobre los hombros, otro pañuelo atado
atrás de la cintura, montera sobre la cabeza, generalmente hecha de paño,
de forma cónica con abundantes florecillas de tela, hoy también de plástico,
zapato negro con calcetín blanco y cencerras o campanillas atadas al nudo
del pañuelo en la espalda.. En la vigilia de la Octava los cofrades tan
solo llevarán el pañuelo al cuello. Y siempre, los cuatro días que duran
los acontecimientos portarán sobre su cuello la medalla la de la Hermandad.
Esta lleva por una cara la Custodia y por la otra las iniciales JHS.
En
la Vigilia del Corpus, avanzada la tarde, sale el Sargento a caballo y
con espada, acompañado del tamborilero (aquí llamado tambor) que ejerce
un toque rítmico para avisar a los cofrades, al tiempo que recorren todo
el pueblo. Al pasar por delante de la puerta de cada hermano, el Sargento
lanza el grito de "Alabado sea el Santísimo Sacramento" que es respondido
por el ritual de "Por siempre alabado sea", bien por el Hermano que habita
esa vivienda, siempre con un símbolo de la Cofradía, que puede ser el
sombrero o la montera, o bien por algún familiar que actúa de igual modo.
Mientras el Sargento y el tamborilero recorren el pueblo, los hermanos
se irán recogiendo en cada una de sus casillas. Así que aquellos que aún
no han sido sargentos se unirán en la casilla del sargento de turno; los
que ya corrieron la sargentía, pero aún no fueron alféreces, marcharán
a la casilla del Alférez de ese año; quienes pasaron ya por ambas casillas,
pero no por la de Capitán; irán a reunirse en la casilla del Capitán actual;
y por último, quienes ya recorrieron las casillas de Sargento, Alférez
y Capitán se dirigirán a la casilla del Mayordomo. Reunidos los Hermanos
en sus respectivas casillas, esperan la llegada de los grupos por rigurosa
jerarquía. Así, el Sargento, seguido del tamborilero se dirigirá a su
casilla para recibir a sus cofrades. Juntos marcharán a reunirse con la
bandera; después lo harán con el pinche chico a jineta y una vez todos
agrupados irán a casa del Bullidor, poniéndose a sus órdenes. Seguidamente
toda la Cofradía marcha hacia la Iglesia a oír las vísperas (rezos y cantos)
en orden de dignidad jerárquica. Terminados los actos religiosos la Hermandad
marcha al convite, que puede ofrecerse en casa de alguna persona ajena
a la propia Hermandad, pero que ha ofrecido una manda, o bien en la vivienda
de algún miembro de la Cofradía, también por manda.
Corpus:
Los actos del día del Corpus se desarrollan como el día anterior:
por la mañana salen el Sargento y el tamborilero avisando a los cofrades
en una primera vuelta. Después, cada hermano ocupará su respectiva casilla
y al final todos juntos, encabezados por el Bullidor entrarán en la Iglesia.
Ocuparán los primeros bancos del templo. El Mayordomo se sentará en la
primera fila, en lugar preferente; las insignias, es decir, los tres jefes
jerárquicos, se situarán en las gradas del Altar Mayor. A continuación,
la Cofradía y los fieles asistentes a la función religiosa marchan en
procesión del Santísimo Sacramento, yendo el Señor en Custodia y bajo
palio. La Mayordoma y miembros de la familia de los jefes de turno, con
anterioridad, habrán levantado un altar en la calle Larga. La mesa está
cubierta con paños blancos y sobre ella se coloca un manifestador o templete
que albergará la imagen del Niño Jesús, pero que una vez la procesión
ha llegado al lugar, la imagen dejará su sitio a la Custodia con la Sagrada
Forma. Los hermanos formarán dos filas: al final de estas dos filas se
coloca el Sargento con su insignia (alabarda) hacia abajo, para más tarde
levantarla con el grito preceptivo, "alabado sea el Santísimo Sacramento",
contestando los demás fieles con el ritual "por siempre alabado sea".
Ya en la Iglesia, los jefes vuelven a ocupar las gradas del templo, mientras
que el Bullidor con los otros hermanos se sitúan en los primeros bancos.
Al dar la bendición el sacerdote a los fieles, las insignias rinden honores
al Señor. Al finalizar la Santa Misa, y mientras los cofrades esperan
en el exterior de la puerta, el Mayordomo se dirige a la Sacristía para
invitar al sacerdote. A continuación todos juntos se dirigen hacia la
plaza del pueblo; el público les sigue. Ya en la plaza el cura acompaña
a las autoridades locales que seguirán el desarrollo de los acontecimientos,
mientras el Hermano mayor se une al resto de los cofrades e inmediatamente
formarán un gran corro. El Sargento entrega la bandera de a Cofradía al
mayordomo y este banderea por unos instantes poniendo empeño en demostrar
sus habilidades de fuerza y arte, terminando con el rito de "alabado"
y la respuesta de rigor por parte de los cofrades. El Mayordomo devuelve
la bandera al Sargento y este se la entrega al capitán, que imita al Bullidor.
El Alférez hace lo propio y termina de igual modo el Sargento. Finalizados
los bandereos, el Mayordomo invita a las Autoridades locales al convite
en casa del Capitán. Más tarde se reparten los hermanos por riguroso orden
jerárquico a sus casas. La festividad del Corpus ha terminado. Hasta hace
unos años la Hermandad asistía por la tarde al rezo del Santo Rosario
en la parroquia del pueblo. Hoy esta actividad ha desaparecido.
Víspera
de la Octava del Corpus:
De nuevo sale el Sargento a caballo y con la espada por la tarde, acompañado
del tamborilero. En esta primera vuelta el Sargento irá vestido de justillo
(traje de tela estampado). En este recorrido por las calles del pueblo
se les irán uniendo en comitiva los hermanos que aún no han conseguido
correr la alabarda, o sea, que aún no han sido sargentos. Estos hermanos,
como los que recogerán más tarde, llevarán tan solo un pañuelo al cuello,
de percal, con la medalla de la Cofradía y un jopo de bálago encendido.
Delante de la puerta de cada cofrade se enciende una cesta de mimbre,
en mitad de la calle, que el caballo salvará con un salto por encima del
fuego. El tamborilero actúa con un toque rítmico del tambor al que llaman
alcancías mientras que los cofrades van dando saltitos al compás de este
ritmo. Al grupo se les suele unir muchachos y mujeres que danzan al son
de las alcancías. El Suboficial, el tamborilero y los hermanos que podríamos
nominar como novicios, después de dar una vuelta por todo el pueblo, se
recogen en la vivienda del Sargento para recibir un pequeño convite y
tomar un breve descanso. A continuación se sale en una segunda vuelta,
portando en esta ocasión el Sargento la alabarda o pinche grande, subido
en su caballo. Al pasar de nuevo por las viviendas de los cofrades, se
volverán a encender nuevas hogueras con nuevas cestas de mimbre. La comitiva,
desde la vivienda del Capitán se dirige a casa del Abuelo y a continuación
a la de a Abuela, listos dos individuos simbolizan aquellos viejos que
encontraron los cristianos al entrar en el castillo después de la huida
de los moriscos. Tanto
el abuelo como la Abuela van provistos de crótalos, una especie de grandes
castañuelas que no cesan de tocar al son de las alcancías. Portan zapatos
negros y calcetines blancos. Recogida la Abuela, en último lugar, quien
acurruca en sus brazos a Rafaelillo, un muñeco de trapo, que recuerda
al nieto abandonado por sus padres en el castillo. Todos los hermanos
se dirigen hacia la vivienda del Mayordomo. Al llegar el Sargento se adelanta
y lanza el "alabado" respondiendo el Hermano Mayor con el consiguiente
"por siempre...". Después se dirigen a la plaza en dos filas haciendo
las alcancías. Los más jóvenes sostienen jopos en sus manos y el Sargento
precede a toda la Hermandad. Cuando llegan a la plaza dan dos o tres vueltas
alrededor de la fuente para a continuación subir a la balconada del Ayuntamiento.
Mientras, la gente del pueblo y los venidos de otros lugares próximos
-hoy incluso de distintos puntos de España- ex profeso al acontecimiento,
van ocupando un espacio en la plaza, esperando que den lugar los actos
tal vez más esperados de todas las fiestas, las mojigangas. Las mojigangas
son poemas más o menos versificados que recogen sucesos jocosos acaecidos
en el pueblo con sentido del humor y cierta picardía, siendo acogidos
por los concurrentes con expectación y jolgorio en general.
Concluidas las mojigangas, con la aprobación y regocijo generalizado
de la mayoría, los hermanos bajan del balcón de nuevo a la plaza, dando
otras dos o tres vueltas alrededor de la fuente, al son de las alcancías.
Domingo
de la Octava del Corpus:
Otra vez por la mañana sale el Sargento a caballo y espada acompañado
por el tamborilero, en una primera vuelta. En esta ocasión no hay ni cofrades
ni jopos. Al tiempo que estos dos personajes recorren el pueblo, los otros
hermanos permanecen en sus casas enjaezando a un burro. Cubren al animal
con todo tipo de atavíos de papel: cintas, estrellitas, corazones... Colocan
encima de las albardas o aparejos de los jumentos colchas bordadas y las
jáquimas también reciben las atenciones de los cofrades y familiares con
abundantes adornos; incluso las patas y pezuñas están cubiertas con figuritas
pegadas con minio y barniz. Vestidos y adornados los borricos, tal vez
como ningún otro cuadrúpedo de su especie en el mundo, los cofrades los
cabalgan trasladándose cada cual a su casilla. El Sargento, que ha cambiado
una vez más la espada por la alabarda en esta segunda vuelta, encabeza
su grupo subido a caballo, precediendo a sus hermanos, y con el tamborilero,
marchan camino de la casilla del Alférez, quien los espera a caballo también,
y bandera. Le acompaña su propio grupo. Todos juntos parten hacia la casilla
del Capitán, que los recibe igualmente a caballo y jineta, rodeado de
sus cofrades. Al encuentro de los jefes, que van en esta ocasión los tres
a caballo, yendo el resto de la Hermandad en asno, se saludan con el grito
de rigor: "alabado sea...", y la conocida respuesta. A continuación todos
los hermanos, cabalgando sus cuadrúpedos, se dirigen a casa del Abuelo,
que aguarda montado en su borrico, aparejado con dos esportillas hechas
de juncia, sobre las que introduce los pies a modo de espuelas.
Después van al domicilio de la Abuela, que espera subida sobre una silla
de tijeras, que llaman jamuga o artola, y sujetando a Rafaelillo en sus
brazos. Ahora irán a recoger al Bullidor. En casa de este esperan las
vaquillas que recuerdan a las que las fuerzas cristianas encontraron en
el castillo a su llegada. Las vaquillas suelen ser dos vecinos del pueblo,
jóvenes y ágiles que visten con unos artilugios imitativos de dos astados
pintados en la tela, y terminando su parte delantera con dos cuernos que
sujetan los mozos con sus manos. Las vaquillas van tranqueando al Mayordomo,
que marcha a pié -antes iba también a caballo como los otros tres jefes-
al igual que los hermanos más veteranos, al tiempo que el resto de los
cofrades cabalgan su respectivo jumento. Se dirigen hacia la cuesta de
la iglesia antigua en donde se va a organizar una competición hípica,
entre los tres caballos, para ver cual de ellos llega primero en veloz
carrera, al escuchar la salva lanzada por la escopeta del Bullidor. Después
del trámite de la carrera, y conocido su ganador, la Hermandad en pleno
parte hacia el Cacho Dehesa, un pago en las afueras del pueblo. Aquí se
va a formar un corro con los asnos. En el centro se sitúan los jefes y
las vaquillas, que permanecen arrodilladas. Se va a efectuarlo que llaman
el acatamiento. Comienzan los borricos a marchar en círculo, pero cada
mitad en sentido opuesto. Al sonido de una salva que lanza un hermano
o el propio Bullidor, los astados se espantan y salen corriendo, al tiempo
que algunos cofrades sobre sus cuadrúpedos los persiguen dándoles alcance
y reconduciéndolos de nuevo al toril. Otra vez se va a repetir el acatamiento
y ante el nuevo sonido de otra salva de escopeta las vaquillas temerosas
empiezan a cornear a los cofrades que tienen cerca de si. Los hermanos
entregan sus burros a familiares que andan por allí y siguen ajucheando
a las vaquillas, que atacarán ahora a todos los que se encuentran próximos
a ellas. Tienen especial predilección por las chicas jóvenes. A continuación
la Comitiva se dirige hacia la Iglesia. acompañada por el público que
ha seguido de cerca el espectáculo. El pueblo se vuelve a llenar de olores
de juncia, poleo y matrancho. Ya en el templo los hermanos se aprestan
oir la Santa Misa ocupando los primeros bancos con su Mayordomo a la cabeza.
Las tres insignias, Capitán. Alférez y Sargento, acompañados del Abuelo
y la Abuela, se situarán en las gradas del Altar Mayor. Finalizada
la Misa, de nuevo se repite la Procesión igual que la del Corpus, ya explicada.
Sin embargo va a desarrollarse un acto sumamente emotivo. Poco antes de
la llegada de la Custodia bajo palio, el Mayordomo ordena a algunos hermanos
jóvenes situarse delante de la puerta de entrada al templo para edificar
un castillo humano ante la presencia del Santísimo Sacramento. Se forman
dos filas superpuestas de hombres en corro, y sobre las mismas otro cofrade
subirá encima con una bandera que enarbola y ondea continuamente. Este
castillo rememora el tomado por Cachafre y sus soldados a los moriscos.
Al llegar el Santísimo a la puerta se extiende una bandera en el suelo
sobre la que pasa la Custodia. Detrás de Ella, el castillo humano empieza
a marchar haciendo continuas genuflexiones, adorando al Señor, hasta llegar
al Altar Mayor subiendo las cinco gradas sin cesar de hacer genuflexiones
y de ondear el lienzo el bandereador con arte y esmero. Durante todo el
trayecto del castillo viviente, el numerosísimo público concurrente todos
los años, emocionado, con los ojos acuosos, no para de expresar su fervor
religioso con fuertes y devotos aplausos. Conseguido su cometido el castillo
se deshace. Los jefes ocupan la cuarta grada del templo y los cofrades,
en esta ocasión forman dos filas en el pasillo central de la Iglesia.
Cuando el sacerdote imparte su bendición con la Custodia, cada uno de
ellos hace sonar la campanilla o cencerra del que tiene delante. Al entrar
el presbítero la Custodia dentro del Sagrario, el Sargento prorrumpe en
alta voz con el consabido grito, "alabado sea...", y la respuesta de rigor
de los fieles.
Al
terminar la misa los hermanos salen de la Iglesia al tiempo que el Mayordomo
invita al sacerdote al convite. Pero antes del ágape van todos juntos
de nuevo a la plaza para repetir la actuación del Corpus, si bien en esta
ocasión los Abuelos escarabajean delante del corro para que este se ensanche,
e interviniendo en el bandereo con las demás insignias. Cuando termina
esta elegante y lúdica manifestación, las vaquillas que han pasado casi
desapercibidas, se desmadran y empiezan a arremeter contra el público
en general y de modo especial contra las mocitas, que con frecuencia corren
despavoridas. Transcurrido un tiempo prudencial, la Comitiva, acompañada
por las Autoridades locales, se dirige a casa del Alférez a convidarse.
Después regresará a su domicilio en la firma ritual.
Cuando la Junta directiva cree oportuno y esto suele suceder con frecuencia
entre cuatro y ocho años, se celebra otra manifestación muy querida por
los pehalsordeños y forasteros; nos estamos refiriendo a lo que llaman
los Caballitos. Participan en general los más jóvenes y visten un atuendo
especial. De sus cinturas salen unas enormes enaguas en forma de cuerpo
de caballo. De su parte delantera arranca una cabeza de caballito de madera
sujeta por un cabestro o ramal y de su parte trasera una cola equina.
Sobre sus espaldas portan estos cofrades un alargado cartón que les cubre
el cuello y la cabeza por detrás. Van provistos asimismo de un cesto repleto
de huevos rellenos de serrín. Ante el ritmo marcado por el tambor, los
hermanos forman un círculo alrededor de la fuente de la plaza y a una
señal del propio tamborilero, empieza una singular "batalla". Cada cofrade
toma un huevo de su cesto y al marcar el tambor un quinto paso, lanzará,
a ser posible, con tino, dicho huevo contra el que tiene delante de él,
yendo a estrellarse contra el cartón protector. La batalla dura unos veinte
minutos y al final los huevos suelen ser lanzados sobre otros objetivos
sin discreción. Estos caballitos estarán atendidos en todo momento por
un "veterinario" y un "herrador", que "cuidarán" las enfermedades
de los equinos. Así, estos personajes portarán un botiquín con "medicinas".
Suministrarán "vitaminas" a los animales a través de un gran embudo por
el que se desliza el líquido "milagroso".

Estas fiestas han venido desarrollándose a través de los siglos en las
fechas marcadas por la liturgia: miércoles, jueves del Corpus, sábado
posterior al día del Corpus y domingo siguiente. Hoy estas fiestas han
cambiado. Al no contemplarse como fiesta preceptiva en la Comunidad Extremeña
el Corpus, este ha sido trasladado al domingo posterior y la Octava del
Corpus al domingo siguiente.
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