|
En
Montehermoso, a la entrada del pueblo, viniendo por la carretera de Plasencia,
un gran mural de cerámica nos da la bienvenida. En él está
representado un curioso sombrero de copete muy alto, ala curvada y mil
colores, el mismo que cuelga junto a las tiendas donde se vende y donde
las mujeres los confeccionan. Este original sombrero es la llamada "gorra
femenina de Montehermoso o de Montehermoseña" que se ha adoptado
en la región, a menudo, como objeto representativo de lo extremeño.
Las gorras las hay de cuatro tipos: de soltera, de casada, y las -graciosamente
diferenciadas- de "viuda triste" y de "viuda alegre"
o medio luto. Todas ellas se realizan con trenzas de paja de centeno -humedecida
y aplastada- y después se adornan, cada una a su modo y en su color,
con los "cacharros" o "galanos": cordoncillos en lana,
botones de nácar, dibujos en fieltro..., y lo más curioso,
un espejito en el frontal de la copa de la "gorra de soltera".
Hay distintas versiones del significado de los adornos, pero todas
ellas coinciden en que indicaban el status femenino y ritualizaban las
relaciones, no sólo entre varones y mujeres, sino también
entre las propias mujeres. La versión más difundida sobre
el simbolismo del espejo es que representa la virginidad de la que lo
lleva, por eso después de casarse se rompe y "así
ningún hombre podrá volver a mirarse en él";
sin embargo no es la más aceptada entre los investigadores
más serios que la relacionan con estar atractiva y poderse arreglar
en la cosecha de la aceituna como momento de buscar marido, ya que era
cuando mozos y mozas compartían trabajos, se conocían y
se acordaban matrimonios, eliminado el espejo y algunos adornos en la
gorra de casada puesto que ya lo encontró.
También
en Montehermoso y junto a la carretera, pero ahora en la salida del pueblo,
encontramos a la familia Rivera -padres, hijos y nietos- enfrascados en
el fascinante proceso de fundición de campanas, que vienen realizando
generación tras generación desde el año 1860. Realizan
las enormes campanas que con su distinto tañido y repicar se convierten
en el sistema de comunicación comunitaria por excelencia: nos marcan
el correr del tiempo, nos anuncian las conmemoraciones y festividades,
la presencia del fuego... Los Rivera para ello funden la aleación
de cobre y estaño, enterrada en el horno a más de mil grados,
entre moldes de barro y paja que ellos sabiamente construyen y colocan.
Después del lento enfriado de la pieza dentro del molde y su pulido
posterior, queda la última operación, la más delicada
y precisa: la afinación de la nota musical de la campana, el verdadero
y auténtico secreto del campanero.
Y
están ligados también a este patrimonio sonoro
y lenguaje tradicional los dos talleres de los hermanos Iglesias Domínguez
que siguen realizando cencerros para el ganado. No es difícil encontrar
su lugar de trabajo, pues el martilleo acompasado sobre el latón
les delata y justifica los nombres comerciales elegidos: Los Dos Golpes
y los Tres Golpes. Pero no termina ahí el golpeteo, pues el ganadero
cumplirá el ritual de afinarlo a golpes hasta que consiga el tono
por él deseado antes de colgárselo a la vaca, a la oveja,
a la cabra.... para distinguirlas según su sonido.
De aquí
nos dirigiremos a Puebla de Argeme, pueblo de los llamados "de
Colonización" ya que es de los construidos a raíz de
la introducción del regadío en estas vegas. Igual que el
pueblo destaca por su arquitectura moderna entre tanto núcleo histórico,
el ceramista que aquí reside y tiene su taller, destaca por su
carácter innovador entre tanta artesanía tradicional: Antonio
Carpintero crea, con una imaginación desbordante, todo tipo de
piezas tanto para uso utilitario como decorativo: originales lavabos,
sillones de jardín, azulejos, ánforas, cuadros....
A
pocos kilómetros está Coria, ciudad monumental, donde
también quedan algunos artesanos (orives, madera, grabado en pizarra,...)
y tiendas de artesanía. Desde ella, en dirección a Cáceres,
el primer pueblo con el que topamos es Torrejoncillo.
Varios alfareros apellidados todos ellos Moreno son representantes de
una larga estirpe que siempre se ha dedicado a la producción de
las grandes tinajas, cuyo uso más frecuente ha sido la elaboración
y el almacenaje de la cosecha casera de vino, aunque cada vez se demanden
más como objeto decorativo. En el torno realizan la maravilla de
dar vida entre sus manos a una masa informe de barro, levantándola
hasta unos 70 cms., transformándola en la base de la futura tinaja.
A partir de ahí conocen el secreto de cómo disponer los
rollos o capas para conseguir las grandes piezas de hasta 2m. de altura.
Y como corresponde a la tradición familiar graban una estrella
de David junto a círculos de puntos, los cuales, según su
disposición y número, identifican el hacer de uno y otro
pariente.
En
este mismo pueblo, aunque no encontramos los ocho talleres de oríve
o filigrana que había antiguamente, todavía existe algún
taller donde se trabaja el oro y la plata para la creación de joyas.
Manejando los hilos o laminillas de metal (normalmente cobre que luego
bañan) con sus pinzas, con una habilidad y precisión de
cirujano, confeccionan las filigranas. Estas pequeñas piezas son
complejas construcciones en las que se enganchan un centenar o más
de elementos, siendo, a pesar de ello, sorprendentemente livianas. En
la sociedad tradicional las piezas de orfebrería individualizaban
y distinguían a las personas, y han sido -y son- parte importante
de las herencias trasmitidas de madres a hijas.
Y aunque cada
mujer del pueblo ha bordado su propio "Pañuelo de Gajo",
típico del traje popular de torrejoncillano, para uso personal,
son varias las mujeres que aún bordan para comercializarlo. Se
trata de un gran chal adornado con multitud de abalorios y lentejuelas
que forman dibujos, entre los que destacan las hojas de parra coronadas
por una mariposa o un pájaro.
Ya
bastante mecanizado, pero no por ello menos curioso de observar, está
el proceso de elaboración artesanal de calzado, que también
ha pasado de generación en generación. Se hacen en diseño
sencillo diferentes modelos de resistentes zapatos, sandalias o botas
de campo; el material utilizado es cuero de vacuno adulto sin tintar y
la suela es de neumático reciclado, lo que les confiere un rasgo
"ecológico".
Torrejoncillo
ha sido centro de trabajos textiles hasta la expansión de la producción
industrial de Béjar y Hervás pues como dice el cantar:
"en mi pueblo, al crujir los telares, suenan más y mejor los
cantares. Y aunque en Béjar les pongan más brillo, para
paño el de Torrejoncillo". El abastecimiento de lanas
para los telares de paño estaba garantizado en una zona tradicional
de pastos de oveja merina, además de que existían cerca
lavaderos importantes de lana como era el de Malpartida de Cáceres.
Ahora quedan un par de antiguos telares manuales en que los dueños
trabajan por afición o solamente por encargos personales confeccionando
mantas, paños o las típicas alforjas de lana de distintos
tamaños.
Alcanzamos
Ceclavín, pueblo que tuvo, hace tan sólo 40 años,
17 talleres de filigrana y 4 de ceramistas. Hoy mantienen el antiguo saber
hacer varios jóvenes que han heredado los conocimientos de sus
mayores: los hermanos Amores, ceramistas, aprendieron de sus tíos;
Julián Simón en el alfar de su padre y el orfebre Domingo
Rosado de una larga saga familiar. La alfarería de Ceclavín
era antes también común en Montehermoso y Torrejoncillo,
pero hoy ha adoptado nombre propio "Barro enchinao de Ceclavín",
al solamente mantenerse aquí. También se trabaja así
en Nisa, en el vecino Portugal, lo que demuestra, una vez más,
las relaciones entre ambos lados de la raya Luso-cacereña en que
nos encontramos. Lo que fundamentalmente caracteriza a esta cerámica
es que una vez creada la pieza sobre el torno, se decora incrustando diminutos
trocitos de cuarzo formando figuras, sobre todo florales, blancas sobre
el rojo de las arcillas.
Estas
piedrecitas proceden de rocas de las cresterías de las sierras,
que se acarrean y después se machacan en el taller.
Sorprende que antiguamente en cacharros de carácter utilitario
-jarras, ollas, botijos...- se entretuvieran con tanta decoración,
pero tiene su razón de ser el que eran piezas que se compraban
para regalar, sobre todo en las bodas.
En la comarca
podemos encontrar otras artesanías como el trabajo artesanal en
Madera o Forja; el traje Típico, cuero, productos artesanos, principalmente
dulces y otros; no sólo presente en estas poblaciones referidas,
también en Coria, Riolobos, Galisteo, Carcaboso, Casillas de Coria,...
¿Se
conseguirá ahora, con la vuelta al gusto por lo rústico,
lo tradicional, que no se pierdan estas artesanías y cultura propia
de nuestra comarca? Así lo esperamos.

|