senderos de extremadura

La Ruta de las Artesanías
VALLE DEL ALAGÓN

Mª Antonia Bermejo López Muñiz




       En Montehermoso, a la entrada del pueblo, viniendo por la carretera de Plasencia, un gran mural de cerámica nos da la bienvenida. En él está representado un curioso sombrero de copete muy alto, ala curvada y mil colores, el mismo que cuelga junto a las tiendas donde se vende y donde las mujeres los confeccionan. Este original sombrero es la llamada "gorra femenina de Montehermoso o de Montehermoseña" que se ha adoptado en la región, a menudo, como objeto representativo de lo extremeño. Las gorras las hay de cuatro tipos: de soltera, de casada, y las -graciosamente diferenciadas- de "viuda triste" y de "viuda alegre" o medio luto. Todas ellas se realizan con trenzas de paja de centeno -humedecida y aplastada- y después se adornan, cada una a su modo y en su color, con los "cacharros" o "galanos": cordoncillos en lana, botones de nácar, dibujos en fieltro..., y lo más curioso, un espejito en el frontal de la copa de la "gorra de soltera". Hay distintas versiones del significado de los adornos, pero todas ellas coinciden en que indicaban el status femenino y ritualizaban las relaciones, no sólo entre varones y mujeres, sino también entre las propias mujeres. La versión más difundida sobre el simbolismo del espejo es que representa la virginidad de la que lo lleva, por eso después de casarse se rompe y "así ningún hombre podrá volver a mirarse en él"; sin embargo no es la más aceptada entre los investigadores más serios que la relacionan con estar atractiva y poderse arreglar en la cosecha de la aceituna como momento de buscar marido, ya que era cuando mozos y mozas compartían trabajos, se conocían y se acordaban matrimonios, eliminado el espejo y algunos adornos en la gorra de casada puesto que ya lo encontró.

     También en Montehermoso y junto a la carretera, pero ahora en la salida del pueblo, encontramos a la familia Rivera -padres, hijos y nietos- enfrascados en el fascinante proceso de fundición de campanas, que vienen realizando generación tras generación desde el año 1860. Realizan las enormes campanas que con su distinto tañido y repicar se convierten en el sistema de comunicación comunitaria por excelencia: nos marcan el correr del tiempo, nos anuncian las conmemoraciones y festividades, la presencia del fuego... Los Rivera para ello funden la aleación de cobre y estaño, enterrada en el horno a más de mil grados, entre moldes de barro y paja que ellos sabiamente construyen y colocan. Después del lento enfriado de la pieza dentro del molde y su pulido posterior, queda la última operación, la más delicada y precisa: la afinación de la nota musical de la campana, el verdadero y auténtico secreto del campanero.

     Y están ligados también a este patrimonio sonoro y lenguaje tradicional los dos talleres de los hermanos Iglesias Domínguez que siguen realizando cencerros para el ganado. No es difícil encontrar su lugar de trabajo, pues el martilleo acompasado sobre el latón les delata y justifica los nombres comerciales elegidos: Los Dos Golpes y los Tres Golpes. Pero no termina ahí el golpeteo, pues el ganadero cumplirá el ritual de afinarlo a golpes hasta que consiga el tono por él deseado antes de colgárselo a la vaca, a la oveja, a la cabra.... para distinguirlas según su sonido.

     De aquí nos dirigiremos a Puebla de Argeme, pueblo de los llamados "de Colonización" ya que es de los construidos a raíz de la introducción del regadío en estas vegas. Igual que el pueblo destaca por su arquitectura moderna entre tanto núcleo histórico, el ceramista que aquí reside y tiene su taller, destaca por su carácter innovador entre tanta artesanía tradicional: Antonio Carpintero crea, con una imaginación desbordante, todo tipo de piezas tanto para uso utilitario como decorativo: originales lavabos, sillones de jardín, azulejos, ánforas, cuadros....

     A pocos kilómetros está Coria, ciudad monumental, donde también quedan algunos artesanos (orives, madera, grabado en pizarra,...) y tiendas de artesanía. Desde ella, en dirección a Cáceres, el primer pueblo con el que topamos es Torrejoncillo.
Varios alfareros apellidados todos ellos Moreno son representantes de una larga estirpe que siempre se ha dedicado a la producción de las grandes tinajas, cuyo uso más frecuente ha sido la elaboración y el almacenaje de la cosecha casera de vino, aunque cada vez se demanden más como objeto decorativo. En el torno realizan la maravilla de dar vida entre sus manos a una masa informe de barro, levantándola hasta unos 70 cms., transformándola en la base de la futura tinaja. A partir de ahí conocen el secreto de cómo disponer los rollos o capas para conseguir las grandes piezas de hasta 2m. de altura. Y como corresponde a la tradición familiar graban una estrella de David junto a círculos de puntos, los cuales, según su disposición y número, identifican el hacer de uno y otro pariente.

     En este mismo pueblo, aunque no encontramos los ocho talleres de oríve o filigrana que había antiguamente, todavía existe algún taller donde se trabaja el oro y la plata para la creación de joyas. Manejando los hilos o laminillas de metal (normalmente cobre que luego bañan) con sus pinzas, con una habilidad y precisión de cirujano, confeccionan las filigranas. Estas pequeñas piezas son complejas construcciones en las que se enganchan un centenar o más de elementos, siendo, a pesar de ello, sorprendentemente livianas. En la sociedad tradicional las piezas de orfebrería individualizaban y distinguían a las personas, y han sido -y son- parte importante de las herencias trasmitidas de madres a hijas.

     Y aunque cada mujer del pueblo ha bordado su propio "Pañuelo de Gajo", típico del traje popular de torrejoncillano, para uso personal, son varias las mujeres que aún bordan para comercializarlo. Se trata de un gran chal adornado con multitud de abalorios y lentejuelas que forman dibujos, entre los que destacan las hojas de parra coronadas por una mariposa o un pájaro.

     Ya bastante mecanizado, pero no por ello menos curioso de observar, está el proceso de elaboración artesanal de calzado, que también ha pasado de generación en generación. Se hacen en diseño sencillo diferentes modelos de resistentes zapatos, sandalias o botas de campo; el material utilizado es cuero de vacuno adulto sin tintar y la suela es de neumático reciclado, lo que les confiere un rasgo "ecológico".

     Torrejoncillo ha sido centro de trabajos textiles hasta la expansión de la producción industrial de Béjar y Hervás pues como dice el cantar: "en mi pueblo, al crujir los telares, suenan más y mejor los cantares. Y aunque en Béjar les pongan más brillo, para paño el de Torrejoncillo". El abastecimiento de lanas para los telares de paño estaba garantizado en una zona tradicional de pastos de oveja merina, además de que existían cerca lavaderos importantes de lana como era el de Malpartida de Cáceres. Ahora quedan un par de antiguos telares manuales en que los dueños trabajan por afición o solamente por encargos personales confeccionando mantas, paños o las típicas alforjas de lana de distintos tamaños.

      Alcanzamos Ceclavín, pueblo que tuvo, hace tan sólo 40 años, 17 talleres de filigrana y 4 de ceramistas. Hoy mantienen el antiguo saber hacer varios jóvenes que han heredado los conocimientos de sus mayores: los hermanos Amores, ceramistas, aprendieron de sus tíos; Julián Simón en el alfar de su padre y el orfebre Domingo Rosado de una larga saga familiar. La alfarería de Ceclavín era antes también común en Montehermoso y Torrejoncillo, pero hoy ha adoptado nombre propio "Barro enchinao de Ceclavín", al solamente mantenerse aquí. También se trabaja así en Nisa, en el vecino Portugal, lo que demuestra, una vez más, las relaciones entre ambos lados de la raya Luso-cacereña en que nos encontramos. Lo que fundamentalmente caracteriza a esta cerámica es que una vez creada la pieza sobre el torno, se decora incrustando diminutos trocitos de cuarzo formando figuras, sobre todo florales, blancas sobre el rojo de las arcillas.

Estas piedrecitas proceden de rocas de las cresterías de las sierras, que se acarrean y después se machacan en el taller.
Sorprende que antiguamente en cacharros de carácter utilitario -jarras, ollas, botijos...- se entretuvieran con tanta decoración, pero tiene su razón de ser el que eran piezas que se compraban para regalar, sobre todo en las bodas.

     En la comarca podemos encontrar otras artesanías como el trabajo artesanal en Madera o Forja; el traje Típico, cuero, productos artesanos, principalmente dulces y otros; no sólo presente en estas poblaciones referidas, también en Coria, Riolobos, Galisteo, Carcaboso, Casillas de Coria,...

     ¿Se conseguirá ahora, con la vuelta al gusto por lo rústico, lo tradicional, que no se pierdan estas artesanías y cultura propia de nuestra comarca? Así lo esperamos.

 

          




© Senderos de Extremadura, 1999.
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