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VILLAMIEL Pureza
y variedad del paisaje |
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Además de lejos, Villamiel está muy alta (es la localidad
más alta de Sierra de Gata). Se vaya por donde se vaya para llegar
a Villamiel hay que subir una pronunciada cuesta (en tiempos pasados
pasaba por aquí el campeonato ciclista de montaña de Extremadura
para jóvenes: llegaban reventados). Una vez en Villamiel el viajero
verá que las cosas no son cómo parecen. En primer lugar
porque Villamiel es también Trevejo; en segundo lugar porque a
pesar del nombre aquí no hay abejas; las últimas que se
recuerdan son las de Juan el Dimas; miel ni daban mucha, pero distracción
bastante. El nombre de Villamiel es romano, pero no tiene nada de apícola
(el cronista ocasional que esto escribe, que es la segunda persona que
más sabe de Villamiel podía soltarle un rollo sobre el
nombre del pueblo; hay cientos de fotocopias de un libro suyo, si publicar
oficialmente, donde explica éste y otros aparentes enigmas del
pueblo). Y hablando de los romanos: por aquí debió haberlos y en cantidad; si damos una patada al suelo en Villalba, Los Pozos, la Nava del Rey, etc., parajes todos del actual término municipal aparece algo romano: aras, laudas sepulcrales procedentes de Villamiel las hay catalogadas en buen número. Como en tantos otros pueblos, en Villamiel ni las personas
ni las calles se llaman como parecen. Además del nombre del Registro
Civil los paisanos tienen otro por el que suelen ser más conocidos.
A las calles les pasa otro tanto. Si el viajero ve que una calle se llama
como allí se dice, que no se fíe, seguro que tiene otro
nombre; ejemplos: parte de la del general Franco es la calle Arriba,
la de Calvo Sotelo las Huertas, la de Berjano la Ramallosa; la plaza
de Teodoro Pascual es la plaza del Rollo. El rollo ya no existe pero
su recuerdo es sempiterno. Esa memoria de los desaparecidos es una de
las características de los vecinos de Villamiel (quienes por supuesto
no se llaman villamelanos sino guritos); hubo un fuerte que volaron los
portugueses pero se sigue llamando el Fuerte a uno de sus barrios; hubo
una muralla y un barrero donde como su nombre indica se corrían
las vacas en las capeas; tampoco existen pero hay otro barrio llamado
la Muralla y una plaza del Barrero (ahora, en las afueras, hay plaza
de toros supermoderna, junto a una piscina y un complejo deportivo).
Cualquier siglo de éstos el ayuntamiento se decidirá a
llamar a las calles por su nombre y les quitará su aditamento
político. En cualquier caso al nombre de las calles tampoco ha
de dárselo mayor importancia puesto que el pueblo es pequeño
y no hay peligro de perderse.
La
torre, del siglo XVII, tiene una buena traza, es un magnífico
ejemplo de los buenos canteros y maestros de obras u obregones que
siempre fueron los villamelanos; el máximo exponente de estos
artistas del granito fue Francisco Hernández quien en ese mismo
siglo dejó muestras de su destreza en la sacristía de
la iglesia de Robleda (Salamanca) o en la iglesia mayor de Olmedo (Valladolid).
La torre guarda en su interior un reloj que estuvo funcionando hasta
antier, aunque hace ciento cincuenta años ya estaba viejo; entonces
era obligación del maestro de escuela darle cuerda. Ahora ha
dejado de funcionar no porque estuviera inservible sino porque no se
encontraba a nadie dispuesto a subir la difícil escalera de
caracol y ponerlo en orden. Es una auténtica joya de museo;
lo han sustituido por uno electrónico, más brioso pero
menos divertido: el viejo daba las horas cuando le daba la gana, el
de ahora cuando lo mandan los hugonotes de Bruselas. En la cabecera de la iglesia hay un buen escudo del emperador Carlos V; fue colocado allí como premio a la fidelidad de los villamelanos cuando lo de las Comunidades. La fachada Oeste de la iglesia, la principal, está restaurada al estilo mesón de carretera, estilo que también se repite en parte del interior. En ese interior des taca la capilla mayor, gótico tardío, con un notable retablo barroco con imaginería de la época coronado por un Dios Padre que impone respeto; en ese retablo se sustituyeron un par de imágenes originales por otras modernas de escayola y purpurina, que desentonan; algo notable y no fácil ver, porque le han colocado encima unas lámparas, son dos figuras un tanto esotéricas que hay en el arranque de los arcos de dicha capilla mayor.
También pueden verse en el interior de la iglesia unas buenas imágenes de la Inmaculada (siglo XVII) recientemente restaurada con acierto y un Niño Jesús, muy parecido al de Praga, al que de vez en cuando le colocan unas falditas blancas que lo convierten en un Niño feminista. Casi enfrente de la fachada Oeste de la iglesia parroquial está el palacio del deán, postherreriano. En el vestíbulo hay unas muy bien conservadas laudas sepulcrales romanas. El deán era don José de Jerez, que además
de serlo de Ciudad Rodrigo, era también catedrático de
la Universidad de Salamanca, miembro del Consejo Real y hermano de la
Cofradía del Santísimo Sacramento de Villamiel. Está cofradía
se fundó en 1610 y al año siguiente el papa le concedió una
bula otorgándole un sinfín de indulgencias (esta bula se
encuentra enmarcada en el interior de la iglesia). La cofradía
sigue existiendo. Sus componentes, graves y solemnes, acuden vestidos
con capa española a las ceremonias litúrgicas en honor
al Santísimo. La más notable y la de mayor significado
y profundidad teológica es la del Santo Encuentro el Domingo de
Resurrección. Mientras en todos los lugares del mundo cristiano
tal encuentro se realiza entre sendas imágenes de la Dolorosa
y Cristo resucitado, en Villamiel, por un privilegio especial, se hace
entre la Virgen del Rosario vestida de luto y, por un privilegio especial,
el Cristo vivo, real y verdaderamente presente en la Hostia consagrada
que se lleva en la custodia. Y volviendo al deán don José de Jerez. Fue el primero de una larga serie de sacerdotes villamelanos que desde entonces ha tenido la dignidad de canónigo bien fuera en la diócesis de Ciudad Rodrigo (a la perteneció Villamiel hasta 1958) o en la de Coria-Cáceres; estas canonjías además de los méritos personales de quienes son elevados a esa dignidad, vienen a ser el reconocimiento de la Iglesia a un pueblo profundamente religioso 1,’ que en proporción a sus habitantes ha dado y da a la Iglesia un número de sacerdotes difícilmente superable. Un poco más debajo de la iglesia parroquial está la
casa del cura; en una ventana se ve empotrado en la pared un Cristo románico
que en el interior de la casa es una imagen de la Virgen; procede de
un antiguo crucero. En el dintel de la puerta de la bodega está grabado
(en letras bocabajo): Felicis fecit: lo hizo Félix; no sabemos
si el tal Félix es el autor del crucero, pero sí que era
un mal calígrafo. La siguiente casa, caserón, es la de
los Fabián; salvo el volumen de la edificación lo curioso,
casi lo morboso, es una gran piedra que hay bajo una ventana; si el viajero
tiene paciencia y curiosidad puede leer: “Aquí yace el licencia
do...” (Vanidad de vanidades: muérete, deja una fortunilla
para hacerte una buena lápida que luego acabará en una
vulgar pared). Siguiendo con lo monumental, el viajero puede pasar bajo el arco del ayuntamiento y a diez metros mirar hacia atrás y hacia arriba a la izquierda. Encima de una ventana verá un curioso relieve de un San Sebastián, románico, rodeado de un obispo y de un ciervo. Son restos de una desaparecida ermita de San Sebastián que ya no existe más que en el recuerdo y la toponimia local.
Lo monumental puede acabar en la ermita de la Soledad.
Antes de llegar a ella el viajero se encontrará otros dos bares;
para no fomentar el alcoholismo se recomienda que en uno se tome una
cerveza y en otro un refresco. Si es día de fiesta y por la tarde
el viajero puede ver en la calle de la ermita a las mujeres jugando a
las bolas, un juego ancestral, exclusivamente femenino y de reglamento
complicado. El exterior es de la ermita es del ya conocido estilo mesón;
el interior es un tanto anómalo y hasta si se quiere ecléctico.
Lo más notable son las imágenes de la Virgen de la Piedad
y la capilla e imagen del Nazareno; ésta imagen es un entramado
de madera al que se le han colocado la cabeza, las manos y los pies;
la capilla resulta extraña por ser de ladrillo en un pueblo donde
antes todo se hacía de piedra. Al salir de la ermita de la Piedad cójase la calle de la izquierda (vulgo San Sebastián) y después la de la derecha; se llegará a la Malina, el más hermoso rincón de Villamiel. Gástese un carrete fotográfico. Saliendo de la Malina y marchando siempre hacia abajo
y hacia la izquierda se llegará a la Cruz del Teso. En sus proximidades
puede que se encuentren restos del paso de los perros o de los enamorados;
da lo mismo. Desde la cruz y en las cuatro direcciones de los puntos
cardinales se van cuatro hermosos y distintos paisajes; al Norte, el
Barrito Blanco donde se puede contemplar como a la Naturaleza le gusta
que las cosas estén juntas pero no revueltas y separa los robles
de los castaños mediante una recta traza da con regla, hay unos
pinos silvestres e intrusos que le están comiendo el terreno a
los castaños; al Oeste los robles, que llegan hasta la sierra
de Moncalvo (es sin duda alguna el mejor robledal del Norte de la provincia
de Cáceres, aunque desde la cruz no se ve en toda su grandeza);
al Sur el espolón rocoso donde se encuentra el castillo de Trevejo
y a lo lejos la Sierra de Santa Olalla; al Oeste el valle abierto de
la rivera Trevejana. Si el viaje ro es muy de ciudad y como puede ser
que el aire puro le siente mal (eso le pasa al cronista) fúmese
un cigarrillo, que un cigarrillo no mata, aún no es pecado y no
engorda. Para descansar y hasta para hacer se millonario puede irse al bar de las quinielas; ni se le ocurra hablar mal del Real Madrid. Si al viajero le da por lo campestre, le gusta andar
y observar pájaros y bichos de todo tipo puede tomar múltiples
caminos. Uno: la calzada medieval o camino de San Martín hasta
llegar a los castaños de doña Elvira (doña Elvira
fue una condesa de la familia real leonesa que en el siglo XII donó Villamiel
a la Orden del Hospital y a la que aquí, donde como hemos visto
nunca se olvida nada aunque a veces no se sepa lo que se recuerda, se
la sigue teniendo presente); de esa calzada sale un camino que va hacia
Machacascos, puede ser que ladren los perros de Sabino, ni caso, son
mansos. Si al viajero lo que le gusta es la fiesta que sepa
que las de Villamiel son: San Pedro Celestino (19 de mayo) y la Virgen
de la Piedad (21 de noviembre); ambas sin pena ni gloria. Las sonadas
son las ferias (22 a 24 de julio) que ahora se empeñan en llamar
fiestas de Santiago cuan do en su origen y por concesión regia
eran la Feria de Santa María Magdalena, titular de la parroquia.
Hay toros con toreros de cartel, capeas, verbenas y cohetes que asustan
a los perros. Salvo en invierno, el clima benigno de Villamiel permite que sea visitada con agrado en cualquier época del año. Se puede reservar con tiempo cualquiera de la media docena de casas rurales que hay en el término municipal; algunas de ellas han sido parangonadas por cualificados viajeros con las mejores del país. Aún queda por ver Trevejo; pero Trevejo merece otra crónica.
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© Senderos de Extremadura, 1999. Queda prohibida la reproducción de la información gráfica y escrita sin autorización del editor |
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