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Día de la LUZ |
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Por Ángel Rodriguez Chaparro Fotgrafía: Martín Panadero |
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| [Establecimientos de Cáceres en ALEX] | ||
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Dormido en la llanura, ebrio de sol, sereno de encinares, arrullado de tórtolas, dorado de rastrojos, con vocación alfarera, labrador de más aire, sobrio como la tierra, tímido como un adolescente, orgulloso de su iglesia gótica y de su retablo, rendido a su Virgen de la Luz: mi pueblo, cuyo nombre luminoso resuena en orgía de luces y colores. Por una vez, sólo una vez al año, Arroyo de la Luz alza su voz llamando alborozado con su campana gorda, en fiesta pregonera de riesgo y de valor para gritarle asombros a la piel hispana. Ese día único, irrepetible, es el Día de la Luz. Más que llamada es el aullido
de una sirena que se despierta cada año El Lunes de Pascua Florida, que
desasosiega y cosquillea el corazón de los ausentes y provoca el inevitable
viaje hacia el pueblo. No hay quien se evada de esta tensión atávica,
y de todos los rincones del país llegan arroyanos que acuden expectantes
a la cita. El arroyano se desentiende de ganados y de faenas agrícolas, saca del baúl su traje de fiesta y desempolva unas botellinas pa los amigos y forasteros. Es su momento, es el momento de mi pueblo concentrado en la Corredera. No han cantado los gallos todavía y ya se sienten los caballos. El estallido de los cohetes y la orgía de pasodobles, metiéndose en todos los rincones, no pueden acallar una tensa calma que acuchilla el paisaje desde el amanecer. Es como un bochorno que precede a la tormenta, como el prólogo de un escalofrío, como un profundo secreto culto al riesgo y a la muerte. Y en la calle gente y cada vez más gente, que rebasan Luis Chaves y suben hacia San Sebastián, hacia la plazuela donde los caballos esperan inquietos para romper el aire como ciclones encendidos. Entre tanto, en el Santuario la fe del pueblo se hace canción de paz y de esperanza: Virgen de la Luz, madre dame la mano para subir la cuesta que ya llegamos. Reinando sobre la paz del campo, sobre los encinares, sobre la calma serena del paisaje, pasa la Virgen. Despierta lágrimas, sentimientos dormidos, recuerdos, nostalgias… En el marco incomparable de la dehesa la guapa Virgen de la Luz, luce con esplendor toda su belleza. Terminada la ceremonia religiosa tiene lugar la carrera. Los caballos concentrados en la plazuela de San Sebastián piafan inquietos. Allí están los más soberbios ejemplares y los más afamados jinetes. "Picarazas" y "Collados", los "Monteros" y los "Malaras" los "Galgos" y los "Chaninos", los "Sin sombreros" aguardan. A la sombra del caballo un relámpago en el alma. No hay
imagen plástica más escalofriante que la que ofrecen, el Día de la Luz,
estos endiablados jinetes lanzados calle abajo, en carrera frenética,
desafiando a la muerte entre el hervidero humano que les abre paso con
angustiosa lentitud. Las carreras se suceden con vertiginosa rapidez, mientras la multitud crece y crece, tomando el centro y los lados de la Corredera, cerrándola, taponándola, haciendo casi imposible el galope de los caballos desenfrenados. En los altavoces el ruego insistente, acongojado: ¡Caballos…! ¡Caballos…!
¡Despejen el centro de la calle! ¡Caballos…! ¡Van caballos…! Es como una
salmodia inútil a la que nadie hace caso porque, este día, no importa
la vida ni la muerte, el pueblo se engancha a su fiesta y recibe alborozado
e inconsciente a los caballos que irrumpen como del rayo, con las fauces
abiertas, las crines distendidas, locos como sus jinetes, como el pueblo
todo, para fundirse en atávica y armónica conjunción. Terminada la ceremonia religiosa tiene lugar la Procesión hacia el templo parroquial en la que participan todos los jinetes con sus cabalgaduras, en un cuadro pleno de belleza y colorido. Después al vino de Arroyo, al vinillo nuevo se le echa la bendición. El arroyano, como el poeta de la cena jocosa, tiene por devoción el bendecir lo que bebe, aunque al final vea las cosas ligeramente aumentadas… Y la fiesta se despide ya muy entrada la tarde, queda en el aire el recuerdo, como un jirón de nostalgia. Los caballos se han dormido. Silencio en la Corredera.
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© Senderos de Extremadura, 1999. Queda prohibida la reproducción de la información gráfica y escrita sin autorización del editor |
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