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En la dehesa de Alcuéscar, a pocos kilómetros
de la villa de este nombre se encuentra uno de los monumentos más importantes
de nuestro patrimonio regional: La Iglesia hispanovisigoda de Santa Lucía
del Trampal, denominada así por el paraje en el que se encuentra, una
zona arenosa bajo la que discurren pequeñas corrientes de agua.
EL PARAJE:
En un lugar privilegiado,
al abrigo de los vientos del norte por el farallón que supone la vecina
sierra de Montánchez, y de una excesiva insolación por encontrarse en
la zona de umbría de la sierra del Centinela.
Cuando nos acerquemos a visitar
este monumento hemos de empezar por analizarlo en su contexto, un bosque
de encinas y alcornoques, unas hermosas vistas de las vecinas sierra y,
si lo hacemos en la época
adecuada, una explosión de ben olor y de belleza en el florecimiento de
las rosas de la jara y en el olor a azahar
de los naranjos.
El lugar, que tendría
también el mismo atractivo en otras épocas, fue entendido como lugar de
culto por varias culturas que construyeron hasta siete edificios religiosos
en las inmediaciones, de los que aún quedan topónimos y algunas ruinas.
El verdadero artífice de estos
asentamientos es el agua, el manantial del Trampal, que hoy surte de agua
a Alcuéscar pero que en otro tiempo era utilizado "previo calentamiento
de sus aguas en rústico establecimiento" como dice Madoz, de balneario.
EL PRIMER LUGAR DE CULTO REGIONAL:
Todos sabemos que la patrona
actual de nuestra región es la Virgen de Guadalupe, pero no siempre fue
así. En tiempos prerromanos se rindió culto en nuestra región a la diosa
Ataecina, a la que representaba en forma de cabra. De esta diosa tenemos
numerosos epígrafes en la región y la mitad de todos los existentes se
encontraron aquí, en Santa Lucía del Trampal.
Poco sabemos de la antigüedad
de este culto, así como si el mismo era autóctono de Extremadura o traído
de fuera. Respecto de la antigüedad
hemos de hacer notar la similitud
de las cabritas que representan a Ataecina con la existente en el museo
de Cáceres, procedente de Aliseda y fechada en el siglo VI a.C. Respecto
de la procedencia del culto podemos señalar el sur, a través del Guadiana,
navegable hasta la ciudad portuguesa de Mértola, en la que se encuentra
una inscripción dedicada a esta diosa podría ponernos en contacto con
el sur de España, norte de África o el Mediterráneo; pero también tenemos
otros posibles orígenes que apuntan incluso a las Islas Británicas.
UN EDIFICIO MUY SINGULAR:
Nos so rprende
Santa Lucía con su triple ábside separado en el exterior, algo inusual
en los edificios religiosos de nuestro país, pero sobre todo de la época
en la que cualquier alusión al tres era tenida por herética al recordar
el credo arriano, en el que la Trinidad tenía una lectura diferente a
la de la Trinidad católica. Esta singularidad sólo podemos encontrarla
en la planta de la iglesia visigoda de San Juan de Baños, construida en
el 661, lo que nos da una pista para datar la iglesia de Alcuéscar en
la misma época, e incluso anterior según opiniones.
Santa Lucía ha sido un hallazgo
muy importante pues aparte de la belleza y el interés artístico del edificio,
nos ha llegado en tan buen estado de conservación que nos permite aclarar
una gran cantidad de puntos oscuros sobre las distintas partes del edificio
eclesiástico visigodo y también sobre determinados usos litúrgicos del
mismo.
Van a cumplirse veinte años desde
que Juan Rosco, autor de este artículo, y Luisa Téllez la descubrieron
y la dieron a conocer.
UNA CIUDAD PERDIDA:
Siempre que se nombra a la
diosa Ataecina en una de sus inscripciones, se alude a su ciudad: Turóbriga,
que no se parece a ninguna de las que conocemos por la toponimia, de ahí
la dificultad para ubicar el epicentro de su culto. Nuestras últimas pesquisas
nos llevan a diferentes ámbitos geográficos para situarla, unas al Trampal,
que en una forzada etimología podría proceder de Turóbriga, pero otras
pesquisas nos llevan a Inglaterra, a Rochester, cuyo nombre antiguo era
Durobrivae, tan cercano a Turóbriga.
UN LUGAR PARA DISFRUTAR:
Ignoramos cuáles serían
los motivos que traerían peregrinos en la antigüedad a estos parajes,
aunque dado el carácter vengador de la diosa bien pudiera ser para pedir
el castigo por algún robo, como aparece en la placa de mármol del museo
de Mérida, en la que se invoca el castigo de la diosa para el autor del
hurto, y como parece insinuarse en una de las inscripciones de Santa Lucía.
Hoy los motivos pueden ser bien
diferentes, con buenas vías de acceso, con un entorno grato, lleno de
olivos, naranjos, jaras, encinas y alcornoques, con una zona en la que
la gastronomía es una delicia por su aceite, su vino, sus productos del
cerdo, sus quesos, sus corderos y su repostería. Si a esto unimos la belleza
paisajística y la gentileza de los habitantes de la zona, lo imperdonable
es no visitar Santa Lucía, la más importante obra hispanovisigoda de nuestra
región.
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