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PLASENCIA tres
perspectivas, una sola mirada |
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Disfruten con la lectura sosegada de estas páginas que, a buen seguro les hará ver de una manera diferente, pero interesante a la vez, nuestra ciudad. RECINTO MURADO “ no proyectes quedarte entre sus
muros, Así, siente por él una mezcla de amor y de odio. Contento
de permanecer en un entorno habitual y conocido donde se siente seguro
y confiado, triste por reconocerse en cada rincón como un habitante
fantasmal que estuviera condenado a vagar eternamente por el mismo, invulnerable
laberinto. Sí, algo de enmarañado itinerario circular tiene
esta plaza, trazado medieval de calles y callejuelas oscuras y sinuosas,
con frecuencia en cuesta, con algo de zoco y algo de judería,
que se ve forzado a recorrer el paseante, tanto el eventual como el estable.
Edificada junto a un río, el muy modesto Jerte (del árabe
Xerete, río de gozo), que forma en su transcurso un gran meandro
que al cabo la rodea como si de una ajada se tratase, Plasencia se alza
de sus orillas con orgullo y hasta pudiera parecer que le estorbara su
curso delicado. Sólo la Isla, una amena alameda que ha servido
durante siglos al ocio de los placentinos, le pertenece. El reto, ya
se dijo, le ha venido dando la espalda, temiendo acaso lo que de acabadamiento
el agua lleva, camino de la mar, que es el morir. En lo alto, por encima
de una abarrotada montaña de tejados rojizos que salpican los
tonos blanquecinos de algunas azoteas y los verdosos de los árboles –magnolios,
palmeras-, que se yerguen desde patios recónditos,, la catedral
o, mejor dicho, la imponente fábrica unida e inconclusa de las
dos catedrales: lo que queda de la vieja, la románica, y a su
lado la nueva, construida siguiendo el modelo de tres naves del templo
renacentista . Ya dentro, sobresale el coro, con su sillería taraceada
en nogal por el maestro Rodrigo Alemán de que cuenta la leyenda
que, ya debido a lo procaz y obsceno de las imágenes talladas,
ya a su condición de judío converso, fue encerrado en una
de las torres y que con las plumas de las aves que cazaba se construyó unas
alas y que con ellas voló hasta dar, como Ícaro, con sus
huesos en el duro suelo de la Dehesa de los Caballos, en la margen contraria
del río. No es la única obra digna de mención en
este monumento que pasa por ser el de mayor categoría artística
de Extremadura. Así, la fachada principal, el retablo mayor con
cuadros de Ricci y esculturas de Gregorio Fernández, el patio
del Enlosado o la torre de la Capilla de San Pablo, semejante a la del “melón” de
Salamanca. Pero la catedral, con ser la obra más visible, no tiene
la exclusiva, menos aún en una ciudad llena de iglesias, palacios,
casas señoriales o conventos de un elevado nivel arquitectónico.
Por la abundancia de éstos y por el mencionado carácter
renacentista de no pocos, tiene esta ciudad un elegante aire italiano,
acentuado por la nueva normativa acerca del tono que deben lucir las
fachadas de las casas que se adapta a la infinita gama de los ocres y
destierra el antaño predominante color blanco. De esta manera,
Plasencia ha dejado de ser la ciudad blanca que fue; en una latitud,
por otra parte, tan impropia. Eso no es óbice para que siga siendo
un lugar luminoso, de una luz limpia que hace que las cosas parezcan
transparentes. Sólo en verano, cuando hace la calima y el calor
se hace tórrido, esa luz se hace turbia y entonces los edificios
adoptan un aire decididamente irreal que incluso inquieta. Bajo esa flama debió verla el pintor Gutiérrez-Solana que la describe en su libro La España Negra, donde dice que “la catedral tiene un color amarillento dorado de piedra calcinada por el sol; está encima de una muralla, y a lo lejos se confunde algo con la tierra, pues tiene su mismo color”. Al protagonista de este relato le gusta contemplarla a la hora del crepúsculo, cuando desde calles recoletas e inclinadas, como Sancho Polo, o más transitadas y en pendiente, como la del Rey, mira a lo lejos y ve que ese mismo sol, al ponerse, dora los edificios y fulge, a punto de extinguirse, contra los cristales de los miradores. Aunque todas las esquinas de Plasencia le traen algún recuerdo, también en esto tiene sus preferencias y, entre todas, si tuviera que elegir su lugar predilecto optaría por el balcón trasero del Palacio del Marqués de Mirabel, a un paso del Parador y del soberbio Conventual de San Vicente, el que está encima del pasadizo o cañón, en medio de la piedra verdosa por la humedad y por le musgo que se aferra sin tiempo a sus paredes. Sobre él, una paradójica inscripción: “Todo pasa”. Tampoco evitaría asomarse al pensil que en el mismo palacio, pero al lado contrario, recoge un antiguo botín de Luis de Zúñiga, donde cipos, bustos de césares y columnas de mármol nos hablan en griego y latín de la fugacidad y de la muerte. Los incesantes paseos intramuros de nuestro personaje son, ya se dijo, las sendas reiteradas de un mismo itinerario. Allí, en torno a un plano que reconoce casi a ciegas, le podréis ver caminando solo, a menudo deprisa, junto a los muros de los escasos jardines cerrados que quedan; fijándose en el vuelo de las cigüeñas que giran y planean alrededor de veletas y espadañas; escuchando el monótono sonar de las campanas; comprobando que los mismos náufragos siguen varados en los mismos bares; imaginando las vidas de los otros por las luces encendidas en las ventanas de sus casas; oliendo, según las estaciones las rosas o el azahar y, cualquier martes, desde hace varios siglos, la abigarrada mezcolanza que destilan los típicos productos del mercado: las hortalizas y las frutas, los embutidos y los quesos, el pimentón y las especias y los ajos. Reconoce que la ciudad de su memoria, en la que él
vive (como todos habitan en un sitio ficticio inventado por ellos), no
queda fuerapuertas. Pocas veces se atreve a aventurarse más allá de
ese centro que él entiende secreto a pesar de los años. En este sentido, Plasencia es para él un interior, tal como lo explicaría Javier Marías al referirse a la emblemática ciudad de Venecia: “porque nunca hay fuera y es completa en sí”. Tras la muralla se encuentra otra ciudad que desconoce. Es como todas: avenidas, semáforos, bloques de pisos, hileras de casas adosadas, grandes superficies e institutos. Se le antoja que ese mundo es inhóspito o que no es suyo. Él prefiere las referencias de costumbre, otra ciudad no menos viva pero sí más vivida. Sujeta, en todo caso, a un tráfago distinto: el de la inmemorial ciudad levítica. De calles con comercios, sin coches, con gente que compra o se limita a ver escaparates. De plazas con terrazas donde la visa suele beberse a sorbos lentos. Sentado en una de esas mesas, en la Plaza de San Nicolás o en la Mayor, podría tomar en sus manos el libro que desde el siglo XVI mejor retrata este lugar, su guía más hermosa, y leer las páginas que le dedicara el médico placentino Luis de Toro, Descripción de la ciudad de Plasencia y su obispado (1573), escritas en latín y en un solo párrafo del principio al final, según nos avisa el erudito, de los muchos que abundan en estas estaciones provinciales. Nada que no merezca comentarse queda fuera de ese libro, que trata de la categoría de sus vientos y de las variedades de su vegetación, de la descripción de sus fuentes y de la salubridad de su clima, del catálogo de sus monumentos y de la prolija enumeración de sus vecinos más ilustres. No olvida el galeno que ésta no es sólo una ciudad sino todo un territorio: el que conforma junto a las tierras y los valles que la circundan. Por eso, el viajero que llegue a ella se verá obligado a visitar sus alrededores si quiere comprenderla y valorarla como se merece. Sin La Vera, los Valles del Jerte y del Ambroz, el parque
natural de Monfragüe – por citar sólo los lugares más
cercanos. Plasencia no es, sin duda, la misma. Y pues que de cercanía
hablamos, no estaría de más hacer alusión a su proximidad
con Portugal para mencionar, de paso, el carácter melancólico
en el que suele sumergirse, una atmósfera teñida de saudade
propia de esas ciudades interiores que tienen por delante, como un lujoso
lastre, su pasado. Ciudades construidas no tanto para ser habitables
cuanto para ser imaginadas. Sí, nuestro caminante tiene la fundada
sospecha de que la suya es una ciudad poco real o que su realidad le
viene dada por su disposición a ser escrita, a ser urbanizada
con palabras. ¿Será ésta, se dice, una pura ciudad
inventada? ¿Tendrá correlato en la que ven los otros, tanto
de aquí como de fuera? En rigor, le importa bastante poco este
dilema, persuadido, como está, de que, por insignificante que
sea, toda ciudad encierra la posibilidad de ser soñada.
APUNTE HISTÓRICO La ciudad fue de realengo hasta 1442, fecha en la que
pasó a manos
de Pedro de Zúñiga por concesión del Rey Juan II,
con el título de condado hasta 1488 que pasaría a Los Reyes
Católicos. Desde finales del siglo XV, Plasencia acogería
a lo más nombrado de la nobleza extremeña, lo que propició que
duques, condes y marqueses residieran en la ciudad dejando, afortunadamente
un gran legado histórico-artístico del que gran parte aún
se conserva. DE COMPRAS POR EL CENTRO HISTÓRICO Hoy en día conserva tradiciones comerciales vivas ya recogidas en los Fueros de la ciudad, como son el tradicional mercado semanal del martes, las ferias de junio y el trato ganadero en las inmediaciones de la calle Talavera, donde los tratantes cierran sus negocios con un apretón de manos. Reflejo de todo esto es la abundancia de comercios de gran calidad por todo el recinto amurallado que se va desarrollando con el proyecto del Centro Comercial Abierto. Hay unos puntos de partida muy actuales que muchos todavía no han asumido. El intento de potenciar el turismo, muy loable en sí mismo, ha reducido el arte de la Iglesia a juzgar y condensar los bienes de la Iglesia con los solos y fríos criterios del Arte en general. Algo que podría ser válido si en esos criterios se llegara a sus más profundas raíces. Norma que solamente se sigue para alguna que otra obra pero no a todas. Cualquier efecto artístico va más allá de los cánones de un pupitre universitario. Afirmación absoluta para todas las obras pero sobre todo para las de la Iglesia. “El Arte en la Iglesia es una consecuencia, no es una causa motriz”. Gracias a Dios esto empieza a ser una esperanzadora
realidad exigida, impuesta, por las normas vaticanas y que está haciendo
suya la Conferencia Episcopal Española, que dictamina más
allá de los museos: Aplicado a la visita a la Catedral “se requiere una particular predisposición interior, ya que allí no sólo se ven cosas bellas, sino que en la belleza de la Obra de Arte se nos llama e invita a percibir lo Sacro, orientando los corazones, las mentes y las voluntades hacia Dios”. Con estas ideas, que podían ser más, se comprenden las intenciones que han motivado mi libro. No hemos tratado de hacer un libro sobre el Arte de la Catedral o Catedrales de Plasencia, sino un libro interpretando en su totalidad estas normas dictadas por la Iglesia que son normas válidas para la comprensión de nuestra Catedral. Algo necesario para cualquier catedral pero más aún para las nuestras al ser consecuencia de varios siglos, prácticamente de toda la historia diocesana. Hemos querido entrar también en el alma y en el pueblo de Plasencia
que engendró nuestras catedrales, en cada uno de sus momentos,
en todos los aspectos sociológicos, artísticos puestos “al
servicio de la evangelización, de la educación, del estudio,
de la investigación y del deleite estético”.. Lo hemos hecho con tanto ahínco que hay ideas que se encontrarán repetidas para su aplicación, porque las vertientes de contemplación obligan a ello. Nos hemos centrado en la concepción de la Catedral, en la de su Retablo Mayor, en la de su Coro, en las de sus imágenes más señeras y significativas, en que ha puesto el pueblo llegando a la misma leyenda, a sus recuerdos perdidos, a su trágica muerte artística cuando se pararon las obras de construcción. Pero nos hemos sentido animados por lo mucho que conservamos, que nos crea ilusiones, porque tenemos haberes únicos, suficientes para alentar nuestro colectivo orgullo humano y cristiano. Creemos que el libro era una necesidad y lo hemos hecho con grandes sacrificios personales. Honrando a la verdad, nos han dejado solos las Autoridades religiosas y civiles. Sin embargo, creemos estar poniendo a disposición de los visitantes y de los “enseñantes” un material necesario y además bello. Intentamos dar comienzo al cambio que se tiene que operar a la forma de manifestar nuestro patrimonio religioso, para sentirnos inmersos en las líneas dictadas por la Iglesia, incluso desde la misma Roma. Pensamos que la grandeza artística de Plasencia tiene uno de sus patrimonios más sensibles en los Bienes Eclesiales. Bienes que queremos poner a disposición de nuestros visitantes, pero sin olvidar nunca sus orígenes en lo religioso y su destino para lo religioso. Entre todos destaca sin titubeos la Catedral coincidente en su totalidad con la misma historia de Plasencia, derivar entonces las líneas catedralicias a este campo es una imposición y una exigencia de nuestras creencias. No
olvidemos que para muchos visitantes de la Catedral esa visita posiblemente
en el único contacto que tienen con lo Sacro y lo Evangélico
y estamos obligados a que sea así. Todavía buscamos más: Nos recreamos, aunque sea con brevedad, en los recuerdos de nuestra grandeza de antaño hacia los cultos religiosos dentro del contexto de su época, en las devociones populares de santos y de necesidades seleccionadas a la perfección y remediadas desde lo cristiano placentino. Estamos convencidos que todo esto no se conseguirá solamente con nuestro libro. Hay que cambiar muchas cosas más. La misma Conferencia Episcopal nos orienta: “Formar y coordinar al personal “… “Elaborar y mantener actualizado el inventario-catálogo”… “Elaborar programas de actividades”… “El voluntariado puede prestar una ayuda valiosa en esta tarea”… “Contar además de los museos con otras dependencias”… Y muchas cosas más como ésta. Sobre el libro que hemos conseguido no entramos en juicios de valor. Simplemente exponemos nuestras intenciones al hacerlo. Nuestra paga es la Iglesia, Plasencia y Extremadura a las que estamos aportando muchas cosas sin agradecimiento de ninguna clase. Para un hombre vocacionado con lo que es le resulta suficiente. En el cúlmen de la Catedral está Dios por dentro y un águila por fuera. El águila es de cada uno. Dios es de todos. También nuestro. Al final sólo me queda agradecer sinceramente a los responsables
de este “Plan de Excelencia Turística de Plasencia”,
la oportunidad de dar a conocer una de mis más de treinta obras.
Espero que no sea la última. Gracias. *El Rvdo. Lic. D. José Sendín Blázquez es Canónigo de la S. I. Catedral de Santa María de Plasencia, Director del Museo Catedralicio y Encargado de Actividades Artísticas. Es autor, entre otros libros, de: Mitos y leyendas del Camino de Santiago del Sur, Vía de la Plata, Las Hurdes y La Alberca, Leyendas extremeñas, Santos de Leyenda, Leyenda de Santos y el último al que se alude en este artículo: Las Catedrales de Plasencia. FESTIVAL INTERNACIONAL DE MÚSICA
FOLK Prueba de ello son las cifras en cuanto al número de asistentes en las últimas ediciones, llegando a las veinte mil personas durante los tres días de programación, que se dan cita en el marco incomparable de la Plaza Mayor, escuchando, bailando o simplemente disfrutando con el espectáculo de unos músicos sorprendidos y encantados con el éxito de público del que hace gala un festival de tan corta pero intensa vida. El Festival Internacional de Folk de Plasencia se apoya
sobre cuatro pilares que son: La convivencia intergeneracional: esta filosofía del Festival facilita la convivencia de personas de diferentes generaciones y diferentes culturas, convierten a Plasencia en la capital de la tolerancia y la diversión. El apoyo a los músicos noveles y a los músicos extremeños: como punto de partida importante de este pilar está el promocionar a las jóvenes bandas extremeñas para que difunda su actividad, conozcan otras experiencias y sigan creciendo y convirtiéndose en importantes bandas dentro del panorama folk nacional. La calidad en la producción: siendo este un pilar importante ya que el buen soporte técnico ayuda a la mejor calidad de los intérpretes que se suben al escenario del Festival. Con todo ello, el producto final es un referente de los Festivales de Música Tradicional de España y de las principales bandas de música folk, por donde han pasado artistas como Carlos Núñez, Kepa Junquera, Gwendal, Capercaille, Cristina Pato, Luar Na Lubre, Acetre, Carmen París, entre otros. La cita es el último fin de semana de agosto.
A principios de los 80 comienza su rehabilitación como Centro
Cultural de la mano de la Diputación de Cáceres, actual
propietaria y gestora, que decide ubicar entre sus muros el Conservatorio
de Música “García Matos”, la Escuela de Bellas
Artes “Rodrigo Alemán”, la Escuela de Danza y el Museo
Etnográfico Textil. OBJETIVOS: El Museo Etnográfico pretende por una parte, la conservación de todos aquellos objetos, reflejo de la vida de nuestros antepasados, que van perdiendo su uso y van desapareciendo de nuestras vidas. Su exhibición con criterios museísticos, le convierte en el intermediario entre el fondo antropológico que conserva y el público; vehículo, por tanto, de concienciación ciudadana en cuanto a su patrimonio, sus raíces y sus señas de identidad. Además tiene la labor de difundir y promover la investigación. Cuenta para ello con un importante fondo no expuesto, pero susceptible de ser utilizado para actividades de difusión e investigación. Por ello, el Museo acepta donaciones, cesiones temporales, depósitos y, en la medida de sus posibilidades adquiere piezas importantes para completar su colección. Por otra parte, no podemos olvidar la importante tarea pedagógica que corresponde a todo museo no sólo en el sentido de difundir el Patrimonio que conserva, sino también y de forma especial servir de recurso a la educación potenciando el conocimiento entre los más jóvenes de la cultura tradicional de sus antepasados, a través de la visión directa de aquellos objetos que un día utilizaron y hoy se conservan en los museos. Recientemente, potenciar la presencia de los placentinos y cubrir una deficiencia del museo, como era la falta del servicio de visitas guiadas, fueron los objetivos para la formación de Guías Voluntarios de la Tercera Edad. Hoy el Museo cuenta con 3 Voluntarios que colaboran con nosotros acompañando a los visitantes y facilitándoles una mayor información. LA COLECCIÓN: El fondo permanente del Museo sobrepasa
las 5.000 piezas, de las que el 90 % pertenecen a la colección
Pérez Enciso y el resto, sobre todo lo concerniente a completar
los procesos y las formas de vida, fue adquirido durante le montaje.
En los últimos años el fondo se ha visto incrementado por
una serie de donaciones y depósitos, realizados por particulares
de Plasencia y su entorno más cercano, actitud ciudadana nueva
y claramente encomiable por beneficiar a la colectividad, que desde estas
líneas queremos agradecer y propiciar. La colección Pérez Enciso se compone fundamentalmente de prendas textiles, bien sean de uso agrícola o pastoril (mantas, sacas, alforjas); de uso doméstico (manteles, juegos de cama, toallas); de uso ritual (ajuar de cristianar, de boda, de muerte, etc) o de uso personal e indumentaria tradicional (camisas, enaguas, faltriqueras, sayas, calzones, jubones, zapatos, botas, …). La mayor parte corresponde a la zona norte de la provincia de Cáceres, sirviendo el Tajo de límite natural hacia el sur y sobrepasando hacia el norte y este los límites provinciales, por lo que también cuenta con piezas de Salamanca, Ávila y Toledo. El textil – y sus procesos: de manufactura de la lana y del lino, de confección de prendas y de decoración de las mismas – y su uso en la vida cotidiana, se constituye como el hilo conductor de la visita al museo, que va mostrando así los usos y costumbres populares. Al tiempo que, a través de las distintas piezas y técnicas empleadas, se refleja la gran variedad y la enorme calidad técnica que el textil y su decoración, alcanzó en nuestra tierra. Por último, la presencia de objetos de zonas cercanas posibilita la comparación y los débitos entre distintas zonas, en otro tiempo similares y hoy separadas por un límite administrativo. El proyecto museográfico realizado, tomando el textil como punto referencial, procura no caer en el tópico de convertir en obra de arte, objetos utilizados recientemente o todavía usados en algunas zonas. El tipo de montaje pretende ser respetuoso y vivencial, donde las personas de más edad pudieran explicar a los más jóvenes cómo, porqué, cuándo y dónde se hicieron y utilizaron los objetos reunidos. La esencia de todo museo etnográfico consiste en ser una manifestación de una cultura vivida, conjugando en sus objetos los diferentes espacios y tiempos de esa vida. Intentar utilizar su capacidad de evocación para atraer al público, impulsándole a “revivir” sus experiencias a partir de las sugerencias provocadas por los objetos y su distribución en un espacio determinado, fue uno de los principales retos. EDIFICIO: El Museo ocupa la zona correspondiente a la ampliación que a finales del siglo XVIII realizara el Obispo Laso, y que, con una entrada un tanto marginal, consta de 3 plantas. La primera, la de acceso de materiales en su época, hoy de constituye en el único acceso de visitantes, zona de encuentro y muestra de lo que es la colección. Las otras dos, idénticas en dimensiones y distribución, destinadas a salas de enfermos, hoy se ha convertido en cuatro amplias estancias, de alrededor de 250 metros cuadrados, en las que se distribuye el fondo permanente del Museo. La rehabilitación, respeta los espacios existentes y las magníficas bóvedas de arista de ladrillo visto que cubren sus salas, al tiempo que introducen una serie de elementos innovadores en cuanto a materiales y socialización del espacio museístico. LA VISITA AL MUSEO: ELPRIMER PISO se articula en torno al proceso de manufactura
del lino y la lana y la utilización de las piezas resultantes en la vida
cotidiana y el traje popular. El proceso textil, se pone de manifiesto
en la SALA I, a través de los útiles más representativos –mazas,
cardadoras, ruecas, husos, devanaderas, telar-, y su transformación
en piezas textiles –mantas, alforjas, costales, tapijos- apropiadas
para la tareas agrícolas, ganaderas y domésticas habituales,
documentadas por aperos de labranza, pesos y medidas, merenderas, sellos
de pan, zahones, vasijas de alfarería y cerámica, cacharros
de bronce y cobre. La cama de las vistas, con sus mantas picadas y ricos
frontales, junto con arcas, baúles, la alfombra y la cuna de corcho,
documentan es espacio doméstico. LA SALA II, exhibe las distintas piezas de lana o lino que componen la indumentaria típica cacereña, mostrando su vistosidad y variedad. Completos se exponen los trajes de Montehermoso, Cabezabellosa y Torrejoncillo. El resto de la sala nos permite saciar nuestra curiosidad sobre las diversas formas, colores y disposiciones de las múltiples prendas y complementos que forman parte de los trajes típicos femeninos y masculinos. EL PISO SEGUNDO, se dedica al lino y la seda y la utilización de las prendas en el ajuar casero y religioso. En la SALA III, se muestra el ajuar casero de lino: barberas y chiquinus, toallas, juegos de cama, manteles, colchas y frontales, además de los paños rituales propios de los ritos de bautizo, boda y muerte. La elegancia del conjunto se manifiesta en la variedad y perfección de los motivos y técnicas decorativas -deshilados, bordados y encajes- realizadas en blanco sobre blanco. LA SALA IV versa sobre el Arte Textil Erudito. Tejidos
de seda y encajes de aguja y bolillos en hilo, oro y plata fueron de
uso común en
ornamentos sagrados, entre los que cabe destacar los fragmentos del Pontifical
de Fernando VI, realizados en el siglo XVIII en el taller real de Antonio
Gómez de los Ríos. HECHO A MANO ESCAPADAS PLASENCIA
GUÍA TURÍSTICA CÓMO LLEGAR TAPEO POR PLASENCIA Bares, restaurantes, tascas, mesones y tabernas esperan al visitante para deleitarle con suculentas e imaginativas muestra de la gastronomía local, llevada a miniaturización de la presentación, que es en definitiva lo que ofrece la tapa. Hay bares que rivalizan entre ellos al poner dos tapas con las cañas
del mediodía y son una buena elección cuando el hambre
aprieta y no se tiene demasiadas ganas o tiempo de sentarse Por eso recomendamos al viajero que recorra los soportales de la Plaza Mayor y pasee por las calles que de manera radial parten desde allí a cada una de las puertas de la muralla. Le sorprenderá la variedad y calidad de los productos gastronómicos representados en forma de tapas: mollejas, picadillos, lomo encebollado, morcilla extremeña, solomillo “cabreado”, quesos de la tierra. embutidos, rabo de cerdo, magro y jamones; hacen que junto con el aprovechamiento culinario de la caza, y su estrecha relación con el tradicional vino de pitarra, sea una buena solución para conocer la cultura local a través de las delicias gastronómicas de Plasencia y su Tierra. EN LA MESA DÓNDE HOSPEDARSE |
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