Coria, ciudad milenaria, emerge
a las orillas del río Alagón, recortando la silueta sobre un cerro escarpado
que vigila atento la fértil vega que la circunda. Ciudad tan antigua, que
aún conserva un equili brio
heredado del medievo entre lo rural y lo urbano. Desde su fundación, hacia
el siglo VIII a.C. por los vettones, pueblo
celta dedicado a la ganadería, fue elevada a ciudad por los
romanos en la época de Cesar, y a Sede Episcopal durante el reinado de Constantino.
Alcanza un esplendor extraordinario bajo el dominio de los árabes, que la
consideran uno de los núcleos urbanos más importantes de Al-Andalus. Cuenta
la ciudad con unas murallas romanas, construidas en el Bajo Imperio, edificio
de carácter militar cuya construcción se inició en el siglo XV.
Entre las fiestas de Coria, la más antigua
es la de San Juan, declarada de Interés Turístico Nacional y tambien Regional
que se celebra del 23 al 29 de Junio y cuyo origen data de los vettones,
pueblo que rendía culto al toro cómo animal
sagrado, conjugando la magia y el mito, el
sacrificio y los rituales coincidentes, con el fenómeno estacional del solsticio
de verano, fecha mítica en la cultura an cestral
del pueblo celta.
Cada año es
nombrado un Concejal del Ayuntamiento de Coria cómo abanderado y organizador
de los festejos. Multitud de peñas son creadas por jovenes y mayores, alguna
de ellas ya veteranas, como la Peña de la Junta de Defensa del Toro de San
Juan; la Juventud Cauriense y la Peña el 27, en las que también es nombrado
un abanderado, que, en el caso de la Peña el 27 se le denomina "asombrerado".
Cada una de las peñas se encarga de comprar un toro, para posteriormente
ser lidiado al estilo tradicional y dar colorido a las fiestas, durante
los días 25, 26 y 27 respectivamente. |
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Todo comienza, cuando el día del Corpus
Christi, tras la procesión que se realiza por el casco antiguo, son presentados
desde el balcón del Excelentísimo Ayuntamiento de la Muy Noble y Muy Leal
Ciudad de Coria, el Abanderado, La Reina y Las Damas de Honor de las Fiestas.
A continuación el abanderado en agradecimiento de su nombramiento invita
a todos los asistentes a las típicas "perrunillas", "floretas", gazpacho
y el tradicional "ponche".
Son las doce de la mañana del día 23 de
Junio; la excitación y e l
nerviosismo afloran en todas las caras de los sorianos reunidos
en la zona del recorrido del Toro de San Juan; es el día más deseado por
todos. Se da suelta a la tradicional "vaquilla de la Rana", las carreras
comienzan y los sustos también; todo es alegría y despreocupación, se
olvidan los malos momentos, las enemistades, y, en Coria una semana llena
de sensaciones y encuentros con los lejanos familiares que aprovechan
las fiestas para volver a su tierra y rememorar viejos recuerdos. Su aspecto
religioso se centra en la Procesión de San Juan. Primero se imponen al
Santo en la iglesia las insignias y el pañuelo "sanjuanero" perteneciente
a las peñas, para encomendarse al Santo y que les proteja durante los
días festivos, y a continuación sale por las estrechas calles en compañía
de todos los ciudadanos.
A la caida del sol, corianos y forasteros
se reunen en la Plaza de los Toros (Plaza de España), para proceder a
la quema del "cap azo"
y con ello se celebra el ancestral rito del solsticio de verano,
donde se mezclan fuego, luz, luna, algarabía para aprovechar que es la
noche más larga del año. La fiesta continúa hasta altas horas de la madrugada
cuando se da suelta al primer toro arropado por los "capeones" y mozos
en el típico encierro, desde los corales, pasando por la calle del encierro
y atravesando la parte antigua hasta llegar al toril en la misma plaza
de toros.
Suena la tercera campanada, el ruido
y el bullicio de la gente se transforman en un instante en un silencio
pausado; en la plaza irrumpe la gran mole negra que se convierte a partir
de ese momento en el centro de atención de todos los presentes.
Tras estos siete días, después de la traca de
fuegos artificiales, que se puede admirar desde el rio, la ciudad queda
dormida y atrás quedan los encierros, la suelta de los astados corriendo
por las calles estrechas de la antigua ciudad, cómo si de un sueño de
verano se tratara.
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ORÍGENES
VETTONES
Dos
son las leyendas sobre el origen de las fiestas de San Juan.
Así es cómo lo relatan Carmen Sánchez
y Juan Carlos Rubio en su libro sobre Coria. La primera cuenta, cómo
pobladores de estas tierras vierno beber del río a un animal con
espaldas en la cabeza. Un día decidieron acercarse hasta él
y, al tratar de degollarle con un puñal, comprobaron que era de
bronce. De esta forma le construyeron una choza y le adoraron. Con el
tiempo llegaron nuevos pobladores, que se adueñaron del lugar y
sustituyeron al animal por una estatua de mármol. Los extranjeros
se mofaron del animal de bronce. El dios de la fuerza y la valentía
despertó de su sueño, rompió el cascarón y
procreó. Después los extranjeros y lugareños se mezclaron
y al llegar el solsticio de verano, los primeros soltaban a un hijo de
los segundos que luchaba por las calles del pueblo.
La segunda de las leyendas asegura
que todos los años, al llegar el verano, un joven sacado
a sorteo era corrido por las calles, defendiéndose
de los ataques de los demás con navajas o puñales. Un
año, la suerte fue a parar al hijo de una dama adinera da;
temerosa por lo que le pudiera ocurrir a su único vástago,
lo cambió por un toro.
Fuera, vigilante, el rumor de los ríos
escucha ecos eternos. La catedral es tal vez, el tercer protagonista de
esta particular celebración, cuya torre permanece expectante de
los peligros a los que se exponen sus hijos.
Coria
vibra, y con ella, los caurienses, los turistas, las calles y casas que,
año tras año, ven la pasión de estas fiestas. Una
explosión de fraternidad, con bota de vino incluida; un grito que
busca mantener la tradición; un silencioso alarido que se expande
por el cielo de la ciudad dibujando nubes en forma de berraco.
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