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La Romería de la Luz Arroyo de la Luz |
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Texto: Angel Rodríguez Chaparro Fotos:
Martín Panadero Magro |
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| [Establecimientos de Arroyo de la Luz en ALEX] | ||||||||||
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La Romería de la Luz, tan vieja como el vino de mi pueblo y con la misma solera, tiene lugar quince días después del Domingo de Pascua, en el marco incomparable de la dehesa del mismo nombre, donde la gracia cenicienta de la encina hondamente sencilla y extremeña dibuja en el paisaje notas de paz, de calma, de sosiego. La Romería actual es una celebración multitudinaria a la que se desplazan gentes de toda Extremadura; casetas, bailes, músicos, vendedores ambulantes y miles de romeros ponen en la dehesa un singular ambiente festivo. La Romería antigua era una fiesta íntima, solo de arroyanos, el paisaje y la gente se hacían armonía, todo era sencillo y natural. El carro de mulas, el caballo, los dulces borriquillos, diseñaban el entorno familiar, concentrados alrededor de la ermita, bajo encinas. En la paz del campo solo se oían las risas de los niños y el dulce tañer de la campana.
Había como un "gobierno de las mujeres" que presidía la liturgia del almuerzo extendiendo el mantel sobre la hierba, distribuyendo los vasos y los platos, repartiendo la comida justa a niños y mayores y recogiendo la botella a algún pariente borrachín. El corazón estaba puesto en la Virgen, en la procesión, que era el momento de mayor plenitud, de más emocionado sentir. Los curas del pueblo estaban acompañados por otros clérigos, casi siempre rollizos, de buen yantar, que venían a adorarles en las labores litúrgicas. El mayordomo, los clérigos, el alcalde y los concejales gozaban de una suculenta comida de la que salían ufanos, con los ojos brillantes y ligeramente achispados.
El predicador de turno, en el sermón, exhortaba al pueblo, a la castidad y a la resignación, ya que la Santísima nos daría en el cielo todo aquello de lo que estábamos privados en la tierra. Estos sermones confundían mi corazón de adolescente y me alejaban un tanto de la fe en la Virgen, ya que en el cielo no era necesario comer, ni beber, lo que me hacía intuir que alguien me engañaba. Por esto y otras cosas que no acierto a comprender laromería me poseía con un extraño sentimiento, entre alegre y melancólico, entre ilusionante y nostálgico, entre placentero y doloroso. Contrasto mi evocación de aquel tiempo con la libertad y el desenfado con que se vive la Romería actual que no es sino la fiesta de la primavera con su carga de amor y deseos, rompiendo los tabúes y liberándose entre música, placeres y alegrías. Hoy priva la diversión sobre el sentimiento religioso y no me atrevo a señalar si es bueno o malo, ya que ningún tiempo es mejor ni peor sino, simplemente, distinto. Queda el lamento desvelado de los cucos en celo, el vuelo raudo de la perdiz, la gracia alada de la abubilla, la visión fugaz de la liebre saltarina. Queda, la encina... La vieja encina de horizonte manso, que al decir del poeta, siente el toque de Dios en la paloma.
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