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Cuentan
las crónicas que fue capital de los Vettones, un pueblo celta que
se asentó en torno a las estribaciones más occidentales
del sistema central. Este pueblo, de marcado carácter ganadero,
llamó caura a su ciudad, y desde entonces sus raíces toponímicas
no han cambiado, por lo que Coria, lleva en su nombre la herencia de su
pasado celta.

Esta ciudad bimilenaria
no necesita hablar de su pasado, porque lo tiene escrito en los rincones
sus calles, en las cicatrices labradas en piedra de sus murallas romanas,
en la penumbra fresca de sus castillo, en las tradiciones de su puente
sin río, del velazqueño "Bobo de Coria", o del mítico "toro de
San Juan". Se respira el pasado en sus paisajes, en los contrastes de
una tierra de transición entre las dehesas y la sierra, de una tierra
de paso hacia la norteña meseta salmantina. Conviven el pasado y el presente
en las orillas del río Alagón, que conserva zonas agrestes, paraíso de
especies animales y vegetales autóctonas, junto a zonas de ocio y de labranza,
en los imnumerables verdes de su fértil vega, que hizo de Coria un enclave
codiciado desde muy antiguo por los celtas, los romanos, los árabes.
Pocas ciudades en Extremadura
pueden presumir de milenarias, con el orgullo de tener tan bien conservado
su pasado patrimonial y tan viva su riqueza histórica y ecológica. La
ciudad de Coria y su tierra, constituyen hoy, y han constituido durante
siglos, el núcleo principal del noroeste de Extremadura.
Los vettones dejaron,
además, parte de su carácter noble y aguerrido, y de su cultura, como
parece apuntar el origen de sus fiestas más populares, los Sanjuanes,
de las que hablaremos más adelante, y que, por una tradición que conecta
con civilizaciones antiguas, manifiestan un tratamiento casi mitológico
de respeto y reconocimiento de todos corianos hacia el toro.
Pero
si hay algo a lo que esta ciudad debe su existencia desde épocas tan remotas,
es el río Alagón, ese afluente del Tajo que discurre ahora sereno y amplio,
bordeando las faldas de la meseta que guarda la antigua ciudadela. El
Alagón, con su ancestral inquietud, formó un ancho valle que el tiempo
y el hombre convirtieron en uno de los más próspero del oeste peninsular.
Sus aguas dan forma a un paisaje lleno de recovecos y meandros que irrumpen
entre amplias llanuras donde crecen los alisos, formando amplios bosques
de galería, que parecen invadir el río, los frondosos frenos y los álamos
que dan al entorno una personalidad propia y constituyen uno de los ecosistemas
de ribera más destacados de los paisajes extremeños. El río pierde su
anchura al encajonarse en las rocosas estribaciones de las sierras de
la Garrapata y de la Solana, en el paraje conocido como los Canchos de
Ramiro, donde anidan especies tan señeras como la cigüeña negra, el buitre
leonado, el águila real o el halcón peregrino. En este incomparable paraíso
natural, el visitante puede obtener una completísima información gracias
al nuevo Centro de Interpretación de los Canchos de Ramiro, dónde aficionados
y especialistas podrán disfrutar de este espectáculo de la naturaleza.
Toda esta riqueza natural que llevó
a los vettones a asentarse ene esta zona con sus ganados, atrajo también,
sin duda, a los romanos hacia estas tierras. La conquista de esta zona
de la península fue tan lenta como la del resto de Hispania. Ya a principios
del siglo II a.C., los vettones participaron en una coalición contra los
invasores romanos, aunque es hacia la mitad de esta centuria cuando aparece
la figura de Viriato unida a estas tierras como el líder lusitano que,
aliado con los vettones, planta cara al ejército romano. El traicionero
desenlace de esta historia, bien conocido, hace que todo el territorio
pase a poder romano. Si preguntasen a los más viejos del lugar, les dirían
al oído que aquí está enterrada la espada de Viriato.
La realidad histórica
habla de la influencia que los romanos tuvieron sobre "la ciudad de los
Caurienses", como la llamaría Plinio, la Caurium romana de Ptolomeo. La
articulación de todo el territorio del norte cacereño llevó a la creación
de la Vía de la Dalmacia, que uniría Coria con Emerita Augusta y con Mirobriga,
a través del puente de Alconétar y del Puerto de Perales. Esta vía contaría
posiblemente con un puente para salvar el río Alagón que desgraciadamente
no ha llegado hasta nuestros días. Pero la principal obra civil que nos
legaron nuestros antepasados romanos fue la imponente muralla que defendió
y defiende la ciudad.
Los grandes sillares graníticos colocados
a soga y tizón nos da buena fe de su pasado romano, aunque los avatares
del tiempo y las constantes luchas hayan hecho mella, como cicatrices,
en parte de sus lienzos. Las puertas del Sol y de la Ciudad aun conservan
su fisonomía romana y constituyen dos claros ejemplos de arquitectura
militar. Están ambas puertas flanqueadas por dos potentes torres cuadrangulares
que confieren a estos espacios un fuerte carácter defensivo. El resto
de la muralla se encuentra jalonado de numerosas torres conocidas popularmente
como cubos, y su especial conservación la hace estar catalogada como una
de las mejores, si no la mejor, de España. Un pasado por la calle del
Horno o por la Barrera del cubo, evoca la fortaleza y la esbeltez de esta
singular construcción.
Los restos romanos
encontrados tanto en los alrededores de la ciudad como en el recinto intramuros,
nos dan clara muestra de la importancia que Caurium tuvo que tener en
esta época. Fruto de este dominio sobre el territorio del norte cacereño
fue su nombramiento como sede episcopal desde épocas muy tempranas del
cristianismo. Este hecho será fundamental para poder conocer la historia
de la ciudad y a la vez para poder entender la cantidad de patrimonio
arquitectónico que guarda en su interior.

Coria es además de milenaria, monumental. Todo su casco histórico
ha sido declarado Bien de Interés Cultural. Su edificio más emblemático,
y de obligada visita, es la Catedral de la Asunción, uno de los monumentos
más representativos de Extremadura, cuya silueta, que destaca sobre el
resto de la ciudad, saluda a los caminantes desde lejos. Un bello edificio
que sustituyó a la vieja catedral medieval. Es en 1498 cuando el obispo
Pedro Ximénez de Préxamo decide iniciar la construcción de la actual catedral,
y durante los siglos XVI y XVII se alza su estructura, sus elevados y
potentes muros, su única nave, amplísima y serena, las nervaduras estrelladas
de sus bóvedas, y la expresividad de sus portadas, una de ellas, la más
antigua, la del Evangelio, situada al norte, con sus pinceladas del gótico
final y sus detalles del plateresco, obra de Martín de Solórzano. Junto
a ella se encuentra el Balcón de las Reliquias, lugar desde el que antiguamente
se exhibía el Mantel de la Sagrada Cena, reliquia que guarda el Museo
Catedralicio.

Pero la Puerta del Perdón, de clara factura renacentista, es
sin duda, la más monumental. La diseñó Pedro de Ybarra a modo de fachada-retablo,
y en ella representó la Anunciación y el Nacimiento, la Adoración de los
pastores y la Epifanía, rematada con los bustos de San Pedro y San Pablo,
y de personajes de la antigüedad, como Cleopatra y Marco Antonio, o personajes
bíblicos, todo ello dentro de un complejo sistema simbólico
En 1748, se culmina la obra de la Catedral
con el remate de la torre diseñado por Manuel de Larra y Churriguera,
notable arquitecto que cuenta entre sus obras la Plaza de Salamanca. Es
en esta época cuando se alzan los majestuosos pináculos y balaustradas
que parecen ser los guardianes de la gran nave catedralicia. El desgraciado
terremoto de Lisboa, ocurrido el 1 de noviembre de 1755, provocó la caída
de la torre y de algunos de estos pináculos.
Afortunadamente, el tesón del Cabildo Catedralicio hizo que en
poco tiempo se volviera a levantar el cuerpo de campanas y la media naranja,
siguiendo los trazos de Churriguera.
El interior de la Catedral nos depara un fabuloso Retablo Mayor, un espléndido
coro, con su sillería gótica tallada en nogal, los sepulcros
gótico y clasicista de los obispos Ximénez de Préxamo
y García de Galarza, la Capilla de los Maldonado, los majestuosos
órganos, y el recientemente inaugurado Museo de la Catedral de
Coria, que situado en su claustro, recoge una importantísima muestra
de arte religioso, destacando su colección de pintura, orfebrería
y una bellísima talla de la Virgen del escultor Lucas Mitata. Entre
las reliquias que conserva, se encuentra el Mantel de la Sagrada Cena.
Junto a la Catedral, se encuentra otro edificio de gran relevancia para
la ciudad, como son el Palacio Episcopal y el Palacio de los Duques de
Alba, señores de la ciudad desde 1472. En los jardines de este
palacio se encuentra un bonito y coqueto mirador renacentista, cuya silueta
se aprecia desde la subida del río, a través de la calzada
que cruza por el actual puente, construido en 1518, sobre las ruinas de
otro anterior, posiblemente romano. Este puente tiene la desgracia de
que las frescas aguas del Alagón ya no corran bajo sus arcos, porque
las diferentes crecidas del río, desviaron su cauce, de tal modo
que ya a finales del siglo XVII, las aguas dejaban de transcurrir por
el antiguo lecho del río. Es este motivo de bromas, pues durante
mucho tiempo Coria tuvo un puente sin río y un río sin puente.
Pero
el palacio señorial no fue el único vestigio que los Duques
de Alba dejaron en la ciudad. Una imponente torre del homenaje, con su
castillejo, parece coronar la muralla de la ciudad. Construido a finales
del s. XV, el Castillo, como popularmente se le conoce, está todo
realizado en sillares de granito y su planta es pentagonal, con forma
de quilla, obra del cantero Juan Carrera, que aprovechó gran parte
de la torre antes existente. Su monumentalidad destaca sobre las plazas
adyacentes, la de la Cava y la del Rollo y conforman un espacio muy concurrido
por todos los corianos.

En la misma época debió alzarse el claustro renacentista
del Convento de la Madre de Dios, cuyo suelo decorado con diversos motivos
geométricos, animales y vegetales, todos ellos realizados con multitud
de pequeños rollos de río, bien merece una visita. Además,
el viajero encontrará allí deliciosos dulces artesanos elaborados
por las sabias y pacientes manos de las religiosas de la T.O.R. de San
Francisco.
Recientemente, y gracias a las labores de investigación facilitadas
por el Ayuntamiento y diversos programas de la Unión Europea, se
han podido recuperar edificios semiabandonados, y dotarlos de un contenido
cultural. Este es el caso de la Cárcel Real, antigua prisión
de Coria, construida en 1686, cuya estructura carcelaria aún conserva
en su integridad, y que actualmente acoge el Museo de la Cárcel
Real. En él se puede aprender algo más sobre la historia
de la ciudad, ya que en sus salas guarda una importante colección
arqueológica, entre cuyas piezas destacan las colecciones de epigrafía
romana, una escultura en mármol romana, y el manuscito del Fuero
de Coria. En sus rehabilitadas salas de la planta alta, se programan exposiciones
temporales de toda índole. Fruto de esta labor de investigación,
es el estudio realizado sobre la comunidad judía en Coria. Está
debió de ser importante si tenmos en cuenta la cantidad de fuentes
escritas que guardan los archivos catedralicios y provincial. Algunas
de las calles de nuestra ciudad denotan claramente su pasado hebreo, como
es el caso de la calle Sinagoga. Coria forma parte de la Red de Juderías,
junto a otras ciudades cacereñas y portuguesas, y muy pronto contará
con un centro de interpretación de la judería.
Pero
Coria no vive sólo de su pasado. Nuestros parques, avenidad, y
el paseo fluvial, constituyen hoy por hoy una importante oferta para el
ocio y esparcimiento. El parque de Cadenetas cuenta con una gran cantidad
de espacio para el disfrute de los más pequeños, para el
sosegado paseo y para la charla amena, un lugar de privilegiada tranquilidad.
El paseo de la Isla es el lugar preferido por todos los vecinos de Coria
para disfrutar en verano de los chiringuitos y del frescor del río.
En él se encuentra situada la Zona Municipal de Acampada y las
instalaciones deportivas. El jardín botánico es también
otro de los centros de interés. En él se pueden apreciar
gran cantidad de especies autóctonas perfectamente clasificadas
y ordenadas, donde el visitante aprenderá a conocer mejor la flora
extremeña.
Podríamos continuar mostrando los rincones típicos de la
ciudad durante páginas y páginas, a ninguno de nosotros
nos gustaría olvidar que en los alrededores de la ciudad hay lugares
tan emblemático como la ermita de
la Virgen de Argeme, lugar de romería. Pero no quisiera tampoco
dejar de mencionar una de las fiestas más importantes y conocida
de Extremadura, declarada de interés turístico, los Sanjuanes,
en las que la valentía de los mozos y mozas frente al toro, que
recorre libremente las calles de la ciudad antigua, se mezcla con el ambiente
mítico de los ancestrales ritos de sacrificios. La tradicción
confiere al toro una simbología mágica y genética
que procede de las antiguas culturas celtas, de economía ganadera,
y conecta con las civilizaciones mediterráneas en su divinización
del toro. Todo ello sigue presente en los Sanjuanes, donde el respeto,
el valor y la festividad confluyen, en las fechas también mágicas
del solsticio de verano, para materializarse en una manifestación
del espíritu colectivo de una ciudad y una tierra que no puede
ocultar, en ninguna de sus tradiciones, un pasado milenario.

Ese poso de mezcla de civilizaciones, ese mestizaje cultural, es el que
encontrará el viajero cuando visite Coria. Lo encontrará
en la hospitalidad de los cauriense, en los nombres de las calles, en
los frescos rincones de las plazas, en los paisajes que rodean la ciudad,
e incluso en las puertas de sus murallas romanas, que permanecen siempre
abiertas, como una invitación al visitante para que regrese a la
ciudad.
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