| Quizás
alguna vez nos hemos preguntado cómo eran nuestros blanquísimos
pueblos bajoextremeños en la Edad Media. Cómo eran la mayoría
de sus casas, formas, colores,... ¿Fueron siempre realmente blancas?
Llerena,
en este año 2000, ha dado un paso importante y sorprendente en
la satisfacción de esa curiosidad tan humana, y específica,
recuperando una pequeña parte de su arquitectura popular más
antigua, arquitectura que en este caso conocemos con el nombre genérico
de "mudéjar". En el terreno de lo popular, nuestros conocimientos
sobre sus formas eran escasos y yo diría nulos en lo que respecta
a la imagen real y al color desde una perspectiva general. Aquellas casas
de nuestros antepasados, construidas entre los siglos XIV al XVII, las
creíamos perdidas y, sin embargo, gracias a pacientes investigaciones
arqueológicas, ahora sabemos que muchas están vivas, siguen
entre nosotros, aunque prácticamente ocultas a la vista, enmascaradas
o transformadas por múltiples intervenciones seculares: mutilaciones,
añadidos, apertura de nuevas puertas o ventanas, revocos y , sobre
todo, capas y capas de encalados que ocultan su primitiva personalidad
estética. Tal vez esta ocultación junto al carácter
anónimo de sus constructores, entre otras circunstancias, hizo
que estas casas sencillas y antiguas pasaran desapercibidas incluso para
la mayoría de las investigaciones, generalmente centradas en la
arquitectura "oficial" más destacada o llamativa (iglesias,
palacios...) o bien se trataran aquellas construcciones populares desde
una perspectiva folklórica. Desde esta visión costumbrista
bien intencionada se lanzó aquel eslogan de "pueblos blancos".
Apelativo que tal vez, por lo menos en los pueblos más antiguos,
habrá que matizar en el futuro.
Las
consecuencias de aquella visión insuficiente, que no tiene en cuenta
la evolución histórica del edificio, fueron dramáticas
para muchos de nuestros monumentos ocultos, cuya verdadera identidad descubríamos
sólo cuando los motivos ornamentales yacían destrozados
entre los escombros. Ello nos movió a enfrentarnos al problema
desde una perspectiva arqueológica novedosa en arquitectura, cuyos
trabajos nos permitió, después de años de observaciones
y estudios, el descubrimiento y catalogación sólo en Llerena,
de casi un centenar de fachadas "mudéjares" ocultas.
Posteriormente, la fe en nuestro proyecto de su alcalde, Valentín
Cortés, y la intervención posterior de los restauradores,
con fondos del INEM, ha hecho posible la recuperación de nueve
de aquellas fachadas, en esta primera fase. Un botón de muestra
que ha entusiasmado a la población llerenense y despertado el interés
de otros pueblos de la región por su gran importancia cultural
y atractivo turístico. Baste decir que la puesta en valor de este
patrimonio histórico solamente en Llerena, cuadriplicaría
su oferta monumental actual, que pasaría de unos treinta monumentos
actualmente conocidos, a más de cien al sumarle estos edificios
de interés histórico-cultural, al margen de su valiosa arquitectura
tradicional y sus murallas.
La importancia, arraigo y grado de conservación
del mudéjar en el caso de Llerena, tiene mucho que ver con sus
peculiaridades históricas y por la ausencia de construcciones industriales
agresivas intramuros. Llerena fue una de las cabeceras de la poderosa
Orden de Santiago en su antigua provincia o priorato de León y,
por tanto, residencia habitual de sus maestres, que la dotaron de amplia
jurisdicción sobre numerosos pueblos, lo que estimuló el
asentamiento de nobles, caballeros y un nutrido cuerpo de funcionarios
y artesanos que tuvo su auge en el XVI con el establecimiento del tribunal
de la Inquisición.
Aquellos
sectores sociales, según sus posibilidades económicas o
estatus, lo que dio lugar a una variada tipología, mandaron construir
sus casas siguiendo la tradición de los alarifes mudéjares,
quienes dominaban el uso funcional y estético del ladrillo con
primor, mezclando elementos de raigambre islámica y cristiana e
ideas de distintos momentos y procedencias: zonas de Castilla-León,
Toledo, Sevilla, etc. El mismo trazado urbanístico de Llerena,
responde al de la típica ciudad de origen medieval. Las casas más
antiguas, especialmente en su zona nororiental, se organizan formando
bloques irregulares separados por plazuelas, o calles y callejas, quebradas
o tortuosas confluyentes a la plaza mayor. Los nombres de estas calles
o barrios: "Zapatería", "Bodegones", "Armas",
"Morería y Herreros", "Almona", "Alcaicería",
etc. denotan su pasado medieval e islámico con sus minorías
étnicas de judíos, moriscos, mudéjares....
Estos últimos, posiblemente más
integrados en la población cristiana por sus habilidades constructivas
y artesanales, dieron nombre, fama y extensión a sus obras.
En
estas obras, realizadas directamente por la mano de los propios mudéjares,
o bien por sus seguidores o imitadores, lo primero que llama la atención,
desde nuestra perspectiva, es precisamente la ausencia de encalado o blanqueado
en sus fachadas y muros exteriores, no así en los interiores del
edificio.
Precisamente la ausencia de encalado deja
al descubierto, en parte, la estructura de sus muros donde se emplea el
ladrillo con profusión, el cual aparece como refuerzo o equilibrador
de la mampostería o el tapial; o el adobe en las casas más
sencillas generalmente de una sola planta. Así aparece en esquinas,
en hiladas horizontales, separando los bloques de tapia o mampuesto o
en los machones como refuerzos verticales, o bien reforzando los marcos
de puertas y ventanas. Lógicamente esa misma transparencia estructural
obliga a sus alarifes a una disposición geométrica perfecta
del ladrillo en sus planos y líneas, lo que explica la perdurabilidad
de sus construcciones pero también otra de sus principales características
el uso del ladrillo como elemento ornamental.
Es precisamente la utilización del
ladrillo como elemento decorativo, combinado hábilmente con su
función práctica sustentante, y utilizando formas y técnicas
de tradición islámicas y cristianas lo que caracteriza la
obra mudéjar.
Uno
de los esquemas, decorativo-funcionales, más repetidos en nuestras
fachadas mudéjares es el de la portada central en resalte, con
puerta más ancha que los modelos actuales, con jambas y dintel
de ladrillo, o en piedra en algunos casos. Destaca la anchura vertical
del dintel adovelado, más aparente que real. El dintel puede estar
coronado por una especie de recuadro en algunos casos, pero es más
corriente un cornisamento o hiladas sobresalientes. En la parte superior
de la portada, cuando se trata de casa de dos plantas, destaca quizá
el elemento más genuino y emblemático del arte mudéjar:
la ventana geminada, o de doble arco sobre columna apoyada en el antepecho,
con una variada tipología a imitación posiblemente de la
portada del alcázar-palacio de Pedro I, en Sevilla (s.XIV) que,
por su belleza y proximidad , debió deslumbrar a nuestros caballeros
de antaño. Desgraciadamente es también uno de los elementos
más vulnerables y son pocas las que nos han llegado intactas. Parece
ser que era , en su época, una opción arquitectónica
cara, por lo que algunas de estas ventanas se construyeron con dintel
adovelado, especialmente en las obras tardías. Con frecuencia es
el único vano que observamos en la parte superior de la fachada.
El mampuesto o el tapial suelen ir siempre
protegidos con un enlucido liso de cal o bien decorado, en las casas más
lujosas, a base de esgrafiados de motivos geométricos repetitivos,
(lacerías, arabescos) a dos colores, que nos recuerdan los esgrafiados
segovianos o de otras regiones más allá del Tajo evocando,
tal vez, los orígenes de los repobladores de estas tierras tras
la Reconquista.
En
la parte superior de la fachada está la cornisa, sobre la que descansa
el alero del tejado. Es este otro de los elementos donde el alarife juega
con las posibilidades decorativas del ladrillo. Una de las fórmulas
más características bellas y perdurables es la cornisa de
modillones de rollo, o lobulados, que según Gonzalo Borrás
tiene su origen en la arquitectura califal cordobesa. En Llerena tenemos
numerosos ejemplos bien conservados. Hay también otros tipos frecuentes
como las de ladrillo en esquinilla, en nacela, escalonadas, etc.
en conjunto tenemos, pues, una fachada que
presenta un carácter macizo y sobrio, por la ausencia de ventanas
en la zona inferior, ya que todas las que conocemos en las plantas bajas
en estas casas son obras posteriores. Esta sencillez quizás se
explique por razones económicas, bioclimáticas, de seguridad
y, tal vez, por influencia del carácter intimista islámico
del que, de alguna manera, también participó la población
cristiana de aquellas épocas. La luz que necesitaban les venía
de un patio interior, del que ahora hablaremos. De todas formas aquella
pesadez de la fachada se veía aliviada por el juegos de claroscuros
de los resaltes del ladrillo en la parte central, el movimiento de los
arcos, o de los arabescos esgrafiados, del zócalo o del mismo colorido
de conjunto.
Efectivamente
una de las características más esenciales de la imagen en
la arquitectura mudéjar, y que se olvida con bastante frecuencia,
es el color. Como arte colorista la pintura no podía faltar en
la decoración de sus paredes. El color rojo, como el barniz de
nuestras baldosas que muchos hemos conocido, se empleaba tradicionalmente
y con meticulosidad, ladrillo a ladrillo, sobre todo para protegerlo y
realzarlo sobre el conjunto de la fachada, como material noble. Pero no
es un rojo enojoso porque se mezcla con el blanco del rejuntado, o encintado
de cal, entre ladrillos y además éstos se combinan geométricamente
con los enlucidos de cal del conjunto de la fachada.
Enlucidos casi blancos, que parece que se
vuelven cremas con el tiempo, o los esgrafiados bicolores, que como la
pintura roja, llegan a nosotros muy debilitados, o contaminados, y con
testigos escasos debido a su vulnerabilidad. Testigos, sin embargo, muy
dispersos y suficientes para damos cuenta de su arraigo e importancia.
Nos obstante en algunos casos bien conservados nos muestran un mudéjar
alegre de un colorismo discreto y noble. A veces el ladrillo aparece enlucido
con una finísima capa de cal, a modo de estuco, que se pinta precisamente
con una decoración que imita al propio ladrillo y juntas del aparejo
subyacente. Vemos este tratamiento en algunas fachadas como una opción
estética superpuesta a la primera, tal vez también como
solución práctica de restauración o, posiblemente,
como una segunda fase estilística del mudéjat
El
patio interior, frecuente en las casas de dos plantas, constituye otro
de los elementos más atractivos y sorprendentes de la arquitectura
mudéjar llerenense. Generalmente de planta cuadrada constituida
por galerías superpuestas de arcos de ladrillo de diversos tipos,
sobre pilares ochavados del mismo material, en dos, tres y a veces las
cuatro partes del cuadrado. Ciertamente no tenemos aún constancia
del uso de pintura en las paredes, o pilares de los patios, por lo que
es muy posible, como dice la profesora Pilar Mogollón, que fuesen
blanqueados.
Como hemos visto, los colores, las formas,
los esgrafiados, demuestran toda una realidad histórico-artística
y cultural radicalmente distinta a la cultura estética y homogénea
de lo blanco que hoy inunda nuestros pueblos, y que pensábamos
era de toda la vida. Naturalmente esta cultura, más reciente, no
es menos digna que la primera, pero su predominio e inercia actual no
debe hacernos olvidar la recuperación de aquellos testigos arquitectónicos,
donde sea posible, y que, sin duda, enriquecerán el sentido histórico
de la evolución urbanística de nuestros pueblos y la calidad
de vida, además de un referente más para el diseño
arquitectónico futuro o un recurso turístico-económico
no desdeñable.
Termino
aclarando que en este breve artículo hemos preferido intentar "enseñar
a mirar" deteniéndonos más en una explicación
descriptiva general de las características de nuestra arquitectura
popular mudéjar. Las fotografías esperamos que hablen por
si misma, mientras que su ubicación en Llerena será fácil
encontrarla con ayuda de los planos y guías que entrega la Oficina
Local de Turismo a todos los visitantes que lo deseen.

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